Escrito por Franco Ascui Fuenzalida
Fotos por Aarón Castro Pino
De las diferentes ramificaciones que ofrece el emo, el emoviolence es una de sus variantes más de nicho que existen. Sin certeza real de dónde se origina el término, se puede argumentar que la corta discografía de Orchid define este género como ninguna otra banda. Nacida en el corazón de la escena underground de Massachusetts, la carrera de Orchid se basó en los principios de la autogestión, la experimentación y el uso de la rabia como mecanismo de pelea. Más de 20 años después, y con sus convicciones intactas, los íconos del norteamericanos del subgénero superaron todas las expectativas de un esperadísimo debut que deja la vara bastante alta para el resto del año.
Desde el primer acorde, Orchid no se presentó como una banda en un escenario, sino como un músculo expuesto. Un tejido vivo que friccionó con una Sala Metrónomo sold out, un músculo expuesto que se contrajo apenas sonó el primer golpe de batería, apretando el espacio entre el escenario y el público hasta volverlo irreconocible. El experimentado quinteto no vino a confirmar su estatus histórico en Chile, vino a activar algo que siempre ha estado ahí, latente, incómodo.

Cienfuegos representando la escena local
Como si se tratara del silencio antes de la tormenta, los chicos de Cienfuegos se acomodaron en el escenario ante una Sala Metrónomo expectante. Representando una escena que está más viva que nunca, la intensidad de la música de Cienfuegos no tardó en hacer reaccionar a los más jóvenes, desatando los primeros mosh de la jornada. Sólo con un par de silencios como interludios, el cuarteto santiaguino nos entregó una presentación sólida. Pasando por temas nuevos como «Urutaú» , y temas más antiguos como «Desarraigo» y «Pedagogía de la venganza». La propuesta en vivo de Cienfuegos es tan intensa como hipnotizante. Mezclando e incluso harmonizando los gritos desgarradores de sus dos vocalistas, el muro de sonido que tejió esta banda estuvo muy a la altura de lo que sería el plato fuerte de esta tocata.
Importante mencionar que Cienfuegos homenajeó a sus compañeros de la escena e hizo un llamado a no bajar los brazos en cuanto a causas sociales se trata. El hardcore llama precisamente a eso, resistir en conjunto y apañarse en momentos de angustia como los de la actualidad. Poniendo el tono de lo que vendría después, la banda solidarizó con la causa palestina y se fue en contra de los estados imperialistas de Estados Unidos e Israel.

Uniform y un debut que no dio tregua
Uniform es una banda que mezcla el noise rock con sonidos industriales y guitarras al más puro estilo Black Flag. Presentándose como un dúo, tanto el guitarrista como el vocalista pintaban una postal escénica de mucha intensidad. Michael Berdan, vocalista y miembro fundador del grupo, había sufrido una lesión que le dejó el brazo inmovilizado justo antes de visitar Latinoamérica por primera vez. Pero esto no fue un impedimento para transformarse en el demonio de Tasmania mientras que Ben Greenberg en la guitarra fluía al más puro estilo de Greg Ginn (Black Flag).
Con su último trabajo American Standard (2024) bajo el brazo, la propuesta de la banda lo remece todo con una amalgama de noise, sludge e industrial. Principalmente por la duración de las canciones, induciendo varios trances de más de 7 minutos de duración entre disonancias, acordes de quintas, feedback y las pistas de batería electrónica. Como regalo, la última canción de su presentación fue «Symptom of the Universe» de Black Sabbath, dejando al público nacional más que listo para darlo todo en el debut de Orchid en la Sala Metrónomo.

El caótico paso de Orchid por Chile
Si el 2024 la velada del hardcore del año fue la visita de los neoyorquinos Gorilla Biscuits, y la del año pasado fue Saetia junto a Unbroken, es justo decir que el debut de Orchid sea la fecha que define el 2026 para la escena del hardcore nacional. Que todas estas bandas vuelvan a la actividad tocando para audiencias dos o tres veces más grandes de lo que estaban acostumbrados no es casualidad. Esa rabia que alguna vez sirvió de piedra angular en la concepción de estos proyectos sigue más viva que nunca en las juventudes latinoamericanas.
Como empecé diciendo al principio, Orchid no buscó apelar a la nostalgia, sino que vino a tocar esa fibra que siempre ha estado presente en la escena. En los pasillos del Eurocentro la movida del emo se mantiene con buena salud y así quedó bien demostrado en la pista de baile de la Sala Metrónomo. Las nuevas generaciones siguen reaccionando a la música de los íconos del emoviolence sin gesto de distancia ni de ceremonia: la música de Orchid opera como un reflejo involuntario. De la misma manera que los cuerpos responden al estímulo antes de pensarlo.
Con una pantalla que rezaba «muerte al insecto fascista que se aprovecha de la vida de las otras personas» de fondo, la presentación de Orchid duró aproximadamente 5 minutos antes de que la banda se tomara el escenario. La presentación a carne viva de la banda estuvo marcada principalmente por el disco Chaos Is Me (1999), empezando con la canción que empieza el disco, «Le Désodre, C’est Moi» y desatando los pits más violentos de la jornada con «New Jersey Vs. Valhalla» , «Weekend at the Fire Academy» , «Invasion U.S.A» y «Epilogue of a Car Crash».

La música de Orchid como relato de resistencia
No se pueden dejar atrás clásicos del Dance Tonight! Revolution Tomorrow! (2000) como «Lights Out» , «I Am Nietzche» y «…And the Cat Turned to Smoke» que dejaron con las cuerdas vocales damnificadas al mar de personas que se desvivió por los norteamericanos. Lejos de cerrar heridas o de ofrecer sentido a la violencia, lo que ocurrió fue más simple e incómodo: la banda y su público funcionando como un músculo llevado hasta el límite para comprobar que todavía responde. Sin promesa de futuro ni de nostalgia organizada, solo un sentimiento generalizado de visceralidad y de expresión sin límites.
No faltaron los chicos que llegaban al escenario para tirarse de vuelta o para saludar a Jayson Green mientras controlaba las fibras de sus fanáticos. Como en un punto medio perfecto entre la experiencia y años de ira reprimida, el vocalista de Orchid no tuvo problema en hacerle frente a los problemas técnicos con su micrófono, o de hacer uso de su paciencia casi paternal para pedirle a los chicos que no lo empujaran en el escenario, solo se aceptaban abrazos. Algo que también es sumamente vigorizante de esta escena.
Existe algo de ternura o de compañerismo en esta descarga extrema de frustraciones y angustias. Un sentimiento que quema pero que se comparte de manera orgánica sudando y bailando entre todos. Canciones como «Don’t Rat Out Your Friends» , «Destination: Blood!» , «I Wanna Fight» y «None More Black» ayudan a entender este sentir que genera una descarga increíble de energía. Fueron más de 25 canciones que dejaron más que conformes al joven público de Orchid que gritó, mosheó y se emocionó en una hora de música que quedará en la memoria de la escena nacional.

Orchid sacando pasaporte chileno
El ansiado debut de Orchid en Chile no se siente como un recuerdo, sino que más bien como una marca. Un momento importantísimo que se arrastra para toda la vida, generando nuevos vínculos y reforzando una relación de amor con una banda que expresa a la perfección las angustias y las frustraciones de una escena que vive, que late como un gran tejido imperfecto en el underground chileno. No sabemos si es que algún día los viejos cracks nos volverán a visitar, pero puedo decir que Orchid nos dejó saciados con un concierto sumamente íntimo. Por una noche, la Sala Metrónomo cobró vida, sangró y se friccionó en una celebración al emoviolence que quedará inmortalizada para siempre.

