Escrito por Antonia Hernández
Fotos por Aarón Castro
Si este canto te llega es porque sabe los demonios que lleva, hecho pensamiento el que vive.
Cuatrocientos años, siglos enteros. También nuestro camino se ha recubierto de fuego.
¿Cómo se encapsulan más de sesenta años de historia en tres horas? ¿Cómo reducir a palabras y anécdotas uno de los recorridos musicales más decisivos de la historia del país? ¿De qué manera se toca la fibra misma de la identidad nacional, e incluso continental, que nos logra unir?

Pocas experiencias en la vida generan un impacto tal como el del concierto de Los Jaivas en el Estadio Nacional, el pasado 7 de diciembre. Son contados los momentos de tanta convergencia que miles de almas comulgan bajo una misma nota, un mismo ritmo. Ayer, el coloso de Ñuñoa abandonó su condición de cemento para transformarse en un portal temporal y un templo vibratorio, donde la música de la banda se reveló como mucho más que arte en un ritual de pertenencia.
Con la luna en una esquina, el paisaje cordillerano de diciembre en otra, y el escenario enfrentando a la virgen iluminada del San Cristóbal por sobre la tribuna, se dio inicio a una ceremonia única. Desde el primer momento, la mitología propia de Los Jaivas se hizo presente en clave de tributo a René Olivares, el “sexto Jaiva”, pintor y diseñador que definió la iconografía del grupo por más de cinco décadas y que falleció hace apenas unos meses. Un vídeo animado protagonizado por Huairuro —el niño andino aventurero creado por Olivares— abrió paso al inicio de una noche inconmensurable y auguró el recorrido musical que vendría en las siguientes horas.

Acto 1: Los amigos que hicimos en el camino
La instrumental ‘Takirari del Puerto’ inauguró la ceremonia musical tras casi 45 minutos de atraso y de trinos de pájaros proyectados por parlantes, cuyo recuerdo se borró en un segundo. La virtuosidad de los músicos de la banda compuesta por los históricos Claudio Parra, Mario Mutis y Juanita Parra, junto a Alan Reale, Francisco Bosco y Carlos Cabezas, jamás ha sido puesta en duda, mucho menos su calidad sobre el escenario. Así, el carisma de Parra como maestro de ceremonias inaugurales dio paso a una versión mágica de ‘Arauco tiene una pena’ de Violeta Parra, seguida por el malambo argentino de ‘Corre que te pillo’.
Aunque marcada por problemas de sonido que se volvieron difíciles de obviar a ratos, esta primera sección encontró su corazón en el calor de las amistades. No se cumplen más de seis décadas de trayectoria con soberbia musical sin antes forjar relaciones profesionales y personales significativas. La serie de invitados que compartieron escenario con la agrupación viñamarina, más que un orgullo artístico nacional, fue la afirmación concreta de una de las características más esenciales y necesarias del arte en Chile: la hermandad y el compañerismo sincero.

En 1997 —sumando tres décadas de camino— Los Jaivas lanzó el álbum Trilogía: El Reencuentro, con la intención de celebrar su regreso a Chile y el reencuentro con su público tras su permanencia en Europa. ‘La Centinela’, sexto tema del disco, se convirtió en el puente ideal para abrir la seguidilla de colaboraciones célebres: allí subió al escenario Roberto Marquez de Illapu a entonar las armonías poderosas de esa canción junto a la banda.
Con las notas retumbando entre los recovecos del estadio, se vivió una segunda dupla inolvidable en el bolero lamentoso y melodramático de ‘Vergüenza Ajena’ interpretado junto al vocalista Aldo “Macha” Asenjo; un guiño profundo a la nostalgia, evocado con ternura entre imágenes de ‘Palomita Blanca’ (1992) de Raúl Ruiz. Tras el tributo embellecido de ‘Indio Hermano’ junto a Nano Stern, fue el turno de los compatriotas regionales Francisco Sazo y Tilo González de Congreso, quienes revivieron ‘Valparaíso’, otra canción parte del repertorio de ‘El Reencuentro’. Entre abrazos de despedida, se escuchó a Sazo comentar con certeza: “Siempre quisimos ser Jaivas”.

Este primer acto encontró su cierre con la potencia de Joe Vasconcellos en su voz y en la conga para ‘Un mar de gente’, seguida por la dulzura progresiva de ‘Canción del sur’, en un clímax que anunciaba lo que vendría: un acto magistral, homenaje colectivo a generaciones enteras, y una celebración íntima y monumental a la vez.

Acto 2: ¿Y cómo subieron el piano?
La promesa fue certera desde un comienzo: Alturas de Machu Picchu interpretado en su totalidad. La obra magna de la banda nacional se abrió paso así tras un intermedio intermedio que contó con la presencia del “diablo rojo” de la Fiesta de La Tirana en las alturas del estadio, para luego encender la llama eterna en la Escotilla N°8, parte del espacio de Memoria del Estadio Nacional.
Cuando se vuelve al pasado —al pasado colectivo, ancestral—se carga con el peso de la memoria, con verdades que no son nuevas sino reinterpretaciones de una historicidad común que se mantiene viva. El carácter espiritual de Alturas de Machu Picchu fue el elemento crucial que dio la vida a su interpretación durante la jornada. Ver cómo el público aceptaba ese canto colectivo, cómo cada verso surgía desde lo profundo, fue de algún modo un acto de reencuentro con una identidad compartida.

La pequeñez ante lo infinito —esa que describió Pablo Neruda ante las maravillas andinas— se compara con la experiencia de presenciar el álbum en vivo: desde las notas avasalladoras de ‘La Poderosa Muerte’ hasta el vuelo expansivo de ‘Águila Sideral’ y la versatilidad eléctrica de ‘Antigua América’. Hablar de la muerte, de la trascendentalidad humana, de los límites del horizonte y de nuestra realidad, es un acto sagrado, una búsqueda que va más allá de la ontología cotidiana. Por ello, el alma de la obra de Los Jaivas radica en la intención de trascender, entendido en la frase que resonó como un eco a través de las generaciones y que encapsula su legado: “Una profesión de fe, para la continuación de mi canto”.

Acto 3: Solemnidad popular
La transición al último tercio de la noche se produjo con un tributo en vídeo a los miembros fallecidos de la agrupación. Con ayuda de inteligencia artificial, Gabriel Parra y Gato Alquinta se sumaron a la proyección en pantalla de la banda completa, todos vestidos de blanco, en un gesto que recibió la ovación y emoción del público.
Quizá uno de los momentos más álgidos, de belleza estética y un amor inconmensurables, ‘La Conquistada’ comenzó la musicalización de este tramo ante la mirada solemne y reverente de quienes asistieron. Una contemplatividad compartida y sagrada, mucho más cerca del calor de la complicidad humana que de la admiración fría de la idolatría. En la complejidad de las contradicciones —historia, dolor, exilio, esperanza, raíces— nace el corazón del arte. La solemnidad de Los Jaivas es soberana, y por esencia pertenece al pueblo. Mismo pueblo que convirtió lo que quedaba de la noche, con el Metro de Santiago ya clausurado y la luna cada vez más en alto, en fiesta compartida.

“Que se baile en las veredas” se escucha en medio de ‘Pregón para iluminarse’, y bailar en cada una de las veredas del recinto fue lo que se hizo. Con éxitos de sobra, el guitarreo lúdico en ‘La Quebrá del Ají’ y la cueca en ‘Desde un barrial’ fueron levantando de sus asientos a la gente, preludio de la sucesión imparable de ‘Hijos de la tierra’ y ‘Mambo de Machaguay’.
La música, así como muchos otros aciertos y elementos que componen la identidad país, es un fenómeno colectivo. El cierre lo coronó Álvaro Henríquez subiendo al escenario para interpretar Mira Niñita, guiño nuevamente a El Reencuentro y su reversión de esta canción junto Los Tres. Entre versos emotivos y un público ya completamente devoto, llegó finalmente la despedida con el himno inevitable: Todos Juntos.

Con 50mil personas de pie entonando la canción, saltos y gritos en las canchas y galerías, se terminó por confirmar algo que, de cierta forma, ya se sabía.
Los Jaivas, como agrupación, como fenómeno, trascendieron la música para convertirse en memoria, comunidad y pertenencia. Demostrando que el patrimonio musical chileno vive y perdura, y que el arte sigue siendo un puente entre generaciones y un refugio frente al tiempo. Regalándonos la luna, la banda devolvió su historia al pueblo que la ha sostenido durante décadas, dejando la esperanza por un futuro donde la música sea siempre una forma de estar juntos en el mundo.
Setlist de Los Jaivas en Estadio Nacional:
- Takirari del Puerto
- Arauco tiene una pena (cover de Violeta Parra)
- Corre que te pillo
- La centinela (con Roberto Marquez)
- Vergüenza ajena (con Macha)
- Indio hermano (con Nano Stern)
- Valparaíso (con Congreso)
- Un mar de gente (con Joe Vasconcellos)
- Canción del sur
Alturas de Machu Picchu:
- Del aire al aire
- La poderosa muerte
- Amor americano
- Águila sideral
- Antigua América
- Sube a nacer conmigo hermano
- Final
- La conquistada
- La Quebrá del Ají
- Desde un barrial
- Pregón para iluminarse
- Hijos de la tierra
- Mambo de Machaguay
- Mira niñita (con Álvaro Henríquez)
- Todos juntos
