Escrito por Felipe León
La coexistencia entre lo rural y la creciente expansión tecnológica que atravesaba Islandia en los 90’s, formó parte del contexto en el que Björk desarrolló una de sus obras más importantes: ‘Homogenic‘ (1997). Fiel reflejo de una época de cambios constatada por el ideal sonoro que hay tras el álbum, donde la interpretación vocal se sume en una belleza agitada por su trasfondo electrónico y orquestal.
El nuevo milenio traía expectativas de todo tipo, con una tecnología acelerada impactando la vida de la población, ya sea en las urbes como en los campos. Fueron precisamente discos como éste que palparon la ansiedad globalizada de aquellos tiempos, abiertos a posicionar desde lo simbólico la pasión humana dentro de la tecnosociedad, también desde lo práctico al fusionar principios musicales sintéticos con orgánicos.
Su narrativa de art pop captura la atención con suscitada innovación, anidando influencias que van desde el trip hop al glitch pop. Tales argumentos sonoros son llevados al máximo, elevados por el magnetismo con el que Björk canaliza su voz, ajena a fórmulas, motivada por la idea de expresar en nuevos códigos. La cristalización de una belleza fría y solemne, que refleja su luminosa presencia en un trabajo aventurado como ‘Homogenic‘.
Recordatorio del fulgor humano en la tecnosociedad, cristalizado por una artista que posiciona su excentricidad siempre con una razón de ser. Culto a la innovación, a través de piezas emblemáticas de su cancionero como «Bachelorette», «All Is Full of Love», «Alarm Call», «Jóga«, «Pluto», «Hunter», entre muchas otras que pese a la distancia del tiempo, continúan maravillando.
