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La verdadera pausa silenciosa de Imagine Dragons: ‘LOOM’

Imagine Dragons está ad portas de concretar un nuevo regreso en Chile el próximo 21 de octubre al Estadio Monumental –entradas por Ticketmaster–, siendo el concierto más grande a la fecha en nuestro país. Con eso en mente, revisamos ‘LOOM’, su más reciente álbum de estudio y la razón misma tras esta nueva gira mundial que les trae por estos lados.

El nuevo disco de Imagine Dragons, Loom, llega como una tentativa de renovación y síntesis tras años de grandilocuencia sonora. Es su álbum más corto hasta la fecha, con apenas nueve canciones y una producción íntegramente a cargo del dúo sueco Mattman & Robin, quienes logran mantener una unidad tonal que rara vez se había visto en la banda. Tras la pausa de su baterista Daniel Platzman, el grupo —ahora esencialmente un trío— parece haber optado por despojarse de la épica prefabricada que los caracterizó durante la última década para concentrarse en la intimidad, en lo que su vocalista Dan Reynolds definió como un trabajo “pesado pero juguetón”, una búsqueda de equilibrio entre la angustia existencial y el placer melódico.

Loom es, en esencia, un álbum de contención. La banda, acostumbrada a saturar sus discos con producción excesiva, coros multitudinarios y crescendos prefabricados, decide esta vez apostar por la concisión. El resultado no siempre es brillante, pero sí más honesto. “Don’t Forget Me” destaca como uno de los momentos más genuinos: un tema que respira vulnerabilidad y melancolía, con una interpretación vocal que suena herida, imperfecta, viva. “In Your Corner” también sobresale, gracias a una progresión sonora más medida y a una letra que habla de permanecer en la sombra del otro, ofreciendo una empatía que no busca heroicidad sino compañía. En cambio, canciones como “Nice to Meet You” o incluso el sencillo “Eyes Closed” —pese a su pegajoso estribillo y su versión final junto a J Balvin— delatan cierta dependencia del molde pop contemporáneo, con texturas electrónicas tan pulidas que terminan por restarles carácter.

La decisión de mantener la duración total en poco más de media hora otorga dinamismo, pero también deja la sensación de un álbum que se interrumpe justo cuando empieza a construir un arco emocional sólido. La brevedad funciona como gesto estético, aunque a veces se siente más como un límite autoimpuesto. Falta riesgo en la producción: los beats electrónicos carecen del pulso orgánico que el grupo solía obtener de Platzman, y la batería programada, por momentos, vuelve las canciones planas. Aun así, hay destellos de profundidad en la voz de Reynolds, que encuentra en lo mínimo una forma más sincera de catarsis.

Críticamente, Loom ha recibido una acogida moderadamente favorable. Medios como Clash Magazine o Metacritic le otorgan puntuaciones cercanas al 6 o 7 sobre 10, destacando su coherencia formal pero lamentando su falta de sorpresa. En términos comerciales, debutó más abajo de lo habitual para la banda, reflejo de un público que tal vez aún no entiende este viraje introspectivo. Sin embargo, reducir Loom a su desempeño en rankings sería injusto: es el intento de una banda masiva por reencontrarse con lo esencial, por transformar el ruido en una respiración controlada.

No es el mejor trabajo de Imagine Dragons ni el más innovador, pero sí el más consciente de sí mismo. Loom funciona como un disco de tránsito, una puesta en pausa dentro de una carrera que a menudo se ha movido por inercia. Si Night Visions fue el despertar y Mercury el caos, Loom es la exhalación: un gesto de agotamiento que, paradójicamente, se siente como el primer respiro verdadero en años. Imagine Dragons experimenta con el silencio tanto como con el estruendo, y en esa oscilación encuentra su acierto más noble y su debilidad más humana.

Jocsán Sánchez

Periodista cultural con un complejo de artista / Universidad Finis Terrae

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