Escrito por Antonia Hernández
Fotos por María José Muñoz
En el silencio que sigue a un acorde, algo se abre. En la música —y precisamente en las presentaciones en vivo— los espacios entre notas no funcionan necesariamente como un vacío, sino como respiración compartida, una especie de tremor que conecta a los cuerpos en el suspenso. En esa tensión habitó Codeine durante su primer concierto en Chile, el miércoles 8 de octubre en el Teatro San Ginés.
Como si el tiempo se plegara hacia atrás, reanudando un pulso interrumpido pero extrañamente constante, ‘D’ fue la canción encargada de abrir la noche, tras treinta años de su lanzamiento y tres desde que empezó a tocarse nuevamente, de la misma forma que funcionó como obertura para el primer disco de Codeine «Frigid Stars LP» en 1990.
El trío neoyorquino, compuesto por Steve Immerwahr, Chris Brokaw y Doug Scharin, apareció sin ornamentos ni decorados ostentosos, acompañados del simple gesto propio, la sobriedad de su presencia, y la iluminación de luces tenues. Bajo aquella economía expresiva se sostuvo la jornada: el bajo firme y pesado, una batería arrulladora, riffs de guitarra precisos y la voz de Immerwahr oscilando entre el lamento emocional y la palabra hablada.

La música de Codeine es una música de la mesura, donde cada silencio pesa tanto como cada nota. En ella, el control se vuelve una forma profunda de emoción, una manera de dar espacio a la permanencia. Con ‘Cigarette Machine’ y ‘Barely Real’, ese ritual cálido de lentitud desplegó un aura hipnótica, movida por su simpleza. Sin saturarse, la marcha lenta y melancólica —aquel slowcore que ayudaron a definir— derivó también en pasajes más ruidosos, de un pulso igualmente pausado pero más denso y abrasivo. Así, elementos que rozan lo que algunos llamarían proto-shoegaze surgieron como catarsis insinuada en canciones como ‘Tom’ y ‘Pickup Song’.
La noticia de su visita a Chile, con fechas adicionales solo en Brasil y Nueva York —su ciudad natal—, fue una grata sorpresa. Y la jornada volvió a confirmar que la lentitud puede ser un acto radical, pero sobre todo reflexivo, un gesto de conexión y paciencia, una melancolía que busca claridad. Uno de los momentos más emotivos llegó así con su versión de ‘Atmosphere’, originalmente de Joy Division, suspendida en un tiempo sin gravedad, como si el sonido se detuviera para dejar espacio a la plenitud contenida.

Codeine sigue habitando ese mismo tempo suspendido que los hizo únicos. Precisamente, no fue un show de nostalgia, pues se sintió más presente y vivo que nunca. El trío cerró con ‘Promise of Love’ —reversión de MX-80 Sound— y ‘Broken-Hearted Wine’, interpretadas con una serenidad que contuvo décadas de experiencia. Sin grandes declaraciones ni poses de regreso triunfal, brilló la ejecución medida y consciente, propia de quienes entienden que el tiempo también compone y construye. El mismo Chris Brokaw habló sobre la meticulosidad e intencionalidad de este tempo lento, y su influencia en el carácter de la banda, ahondando en la disciplina y tensión dentro de la música.
Es curioso como, con el pasar de los años, la música de Codeine esconde cada vez más cierta madurez. En esa melancolía y en ese sonido pesado que se sostiene al borde del silencio, hay una invitación a detenerse, a escuchar el mundo con otro ritmo, como si la banda —y ahora el público— supieran que lo esencial puede también ser dicho entre las pausas.

