Cine

The Brutalist: «Las múltiples caras de la ambición»

Escrito por Nicolás Merino 

The Brutalist es un filme de Brady Corbet que narra la historia de Laszló Tóth, un arquitecto judío que llega a Estados Unidos a reconstruir su vida tras haber sobrevivido a la persecución del Holocausto. El tema es que Tóth no es un arquitecto cualquiera, sino uno dotado de una particular ambición y talento, que a la vez que reinstala su vida en EEUU, buscará plantar su huella como arquitecto tanto en términos de talento como estilisticos. Que en el caso de este último factor, vendrían correspondiéndose con la hoy popular corriente del brutalismo, originaria de la Europa Este.

 

El primer facror intrínsecamente cinematográfico que despliega The Brutalist es aquel que va de la mano con su desmedido monumentalismo. Sí, digámoslo en términos primales, esta es una película grande como pocas. Pocas hoy y pocas en general. No solo tiene que ver su cacareada duración y el hecho de que haya traido de vuelta los intermedios a la palestra más popular, sino que -y principalmente- responde al hecho de que la película en efecto se siente gigante tan solo en sus ambiciones temáticas. Y qué decir de la manera de filmar.

 

No estamos hablando de meros planos contrapicados cada vez que se muestra alguna esteuctura imponente. Estamos hablando de énfasis, de escalas de planos, de pulso para mantener la cámara encima de algún personaje aún cuando el guion apunte a volverlo incómodo. Básicamente, estamos hablando de cine. Es en su más puro estado que el lenguaje cinematográfico es recogido por Corbet para narrar de manera extremadamente eficiente, y en un principio no parece más que tan solo eso, narrar. Eso para empezar.

 

Por cierto, ese carácter fílmico grandilocuente aparentemente reservado a creativos en facultades de trabajar con amplios recursos, como Nolan, Villeneuve o Edwards, inevitablemente pasa por un proceso de democratización con una película como esta. No solo es una película de un presupuesto inferior a los acostumbrados para personajes como los mencionados, sino que el tipo de historia también se deja menos oportunidades obvias. Ante todo y poniéndose literales, The Brutalist no pasa de ser un drama humano. Pero de nuevo, nada como la cámara y el micrófono mandando para controlar un lenguaje que le da epicidad al proyecto.

 

Con todo, sería un error reduccionista retener a The Brutalist tan solo en su ambición fílmica maximalista. Naturalmente, es una película superior a su propio lenguaje. No deja de ser una historia sobre -y valga la redundancia- la desmedida ambición y los ejes personales que hay que elegir sortear cuando se trabaja en tales niveles. En alguna dimensión metaficticia, podría recordar a obras recientes como Oppenheimer (Nolan) o The Killer (Fincher), también sobre meticulosos protagonistas encarrilados en una historia que parece tratar, además, sobre cómo hacer cine. Pues también están narradas en lenguajes atentos y perfeccionistas.

 

Pero de nuevo, The Brutalist es atenta a los temas que trata. Está la hermosa forma de filmar los procesos creativos, si, pero enmarcado en una trama hecha y derecha. Se aborda la migración, se abordan las diferencias de clase, se aborda el EEUU posterior a la guerra. Hay un factor cuasi mitológico a lo largo del filme. Se desliza una interesante conversación sobre el poder de las fuerzas privadas a la hora de fundar ciudades o direccionar el camino de estas. Básicamente, un mundo post-guerras en el que, indiferentemente de los bandos ganadores, la guerra que queda es entre fuerzas privadas, que verán como mueven su capital y poder según sus propios intereses para refundar EEUU a su pinta. En esta última esfera, Tóth no es más que un peón.

 

Por último, y no menos importante (de hecho, siendo lo más importante), es una película sobre hacerse el espacio por encajar en los engranajes ya operantes. Laszló no solo es inmigrante, también llega con una propuesta particularmente revolucionaria para el estándar arquitectónico de EEUU. Claramente, el nombre del protagonista no es accidental. No solo se trata de un Laszló que regresa de la muerte, sino de uno que se levanta contínuamente de múltiples muertes más pequeñas. Siempre vuelve, aún a pesar de la incomodidad contínua de los obstáculos.

 

Y sobre el final, quizás lo mejor es leerlo como una metáfora sobre el sacrificio a cambio de la obra. El positivismo de una generación siempre será el fruto del sacrificio de la anterior. Y esto aplica tanto en lo micro como en lo macro, la misma película se encarga de hacerlo ver contínuamente. Es una película sobre la perseverancia y la obsesión. Y también se desliza por ahí algo a lo que también ha apuntado Chazelle en su filmografía: «no sigas tus sueños, porque se pueden cumplir».

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