Cine

Marty Supreme: Una ambición desmedida

Por Bárbara Conejero

Marty Mauser es imparable. El chico de lentes, marcas de acné y bigote se niega a ser otro judío más de la Manhattan de los años 50.  Su carisma y ambición le dan la certeza de que sería capaz de venderle zapatos hasta un cojo, pero sabe que su talento para vender(se) tiene posibilidades de juego más allá de la zapatería de su tío, y no dudará un solo segundo en intentarlo. ¿Su gran propósito? Ser el mejor jugador de ping-pong del mundo. ¿Su obstáculo? A sus propios ojos, no lo hay cuando se está convencido de ser el número uno y se está dispuesto a humillar, estafar y volver a pararse una y otra vez.

La nueva cinta de Josh Safdie —y la primera sin trabajar con su hermano, Benny Safdie— se presenta como una biopic, con muchas licencias dramáticas, que se inspira libremente en Marty Reisman, histórico jugador estadounidense de ping-pong, reconocido por su talento, pero también por su carácter arrollador. La película se aleja del género de la comedia deportiva para articular una crítica al sueño americano con un antihéroe como protagonista.

Acorde a su estilo, Safdie narra la historia de este americano engreído desde la vereda de los perdedores. No se trata de una película que glorifique a una figura deportiva, ni que mucho menos otorgue lecciones sobre la meritocracia: no hay un mentor ni tampoco un momento de redención. Marty Supreme te introduce en la psiquis de un protagonista que es moralmente reprochable pero altamente magnético; carácter que se instala desde el primer momento, mucho antes de que se decidiera por ser el mejor.

Marty es sumamente utilitarista: su relación con los otros se mide en función de lo que le puedan otorgar a corto plazo, y no teme demostrarlo. Desde el secuestro del perro de un mafioso hasta bajarse, literalmente, los pantalones para colarse en un torneo. Los éxitos alcanzados en el terreno deportivo se extienden a su forma de percibirse y de percibir a quienes lo rodean, donde la disputa por el poder y el narcisismo siempre están presentes.

La cinta gravita en torno a Marty. Donde él va, la cámara lo sigue; las acciones que toma determinan el camino de quienes lo rodean y su autoexigencia es la que, a pulso, provoca un ambiente de tensión constante. Es en las escenas más cotidianas, fuera del plano deportivo, cuando las fricciones salen a la luz. 

Si sus acciones ya denotan una arrogancia detestable, sus palabras resultan aún más agresivas que su saque. Incluso cuando está quieto es capaz de producir un torbellino. No es de extrañar que un actor como Timothée Chalamet, igual de impulsado por el éxito, resulte tan pulcro en retratar esa hambre por el éxito. Su tránsito desde personajes más sensibles como Elio (Call Me by Your Name) y Laurie (Mujercitas) hasta figuras más épicas y aventureras como Paul Atreides (Dune) y Bob Dylan (A Complete Unknown), lo han preparado para este papel y para demostrar de lo que es capaz. 

En Marty Supreme pareciera que personaje y actor se fusionan para demostrar la faceta menos amable del aspirante al Óscar. Su presencia define la dinámica de cada escena: es carismático y repelente en igual medida. Su actuación está lejos de querer generar empatía, refuerza la idea de un personaje que opera por fuera de lo deseable.

El resto de los personajes no se quedan atrás: Kay (Gwyneth Paltrow) pone a prueba la necesidad de validación de Marty y Rachel (Odessa A’zion) demuestra cómo Marty instrumentaliza el afecto para sostener su dominio.

“Tengo un propósito. Si crees que es una bendición, no lo es. Significa que tengo la obligación de llevar a cabo algo muy específico”.

Como es usual en la filmografía de Safdie, Marty Supreme no propone entregar una redención moral, sino más bien cuestionar la idea de que, aunque persigas tus sueños y eres bueno en ello, las cartas ya están tiradas, y aquellas están dominadas por la suerte y el poder. Esta noción de perseguir el éxito -instaurada en el ADN de la cultura occidental- viene a mostrar su lado menos amable: aquel en el que se es capaz de hacer literalmente cualquier cosa con tal de alcanzar aquello que tanto anhelamos.

Con un soundtrack marcado por melodías ochenteras como Forever Young y Everybody Wants to Rule the World, la nueva cinta de Josh Safdie cuenta una historia sobre ego, éxito y ambición, en un entorno donde el caos nunca se disipa del todo. Así, logra alejarse del glamour de los deportistas de élite, para mostrar la cara más oscura de este estilo de vida.

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