Con el cierre del intenso 2025, en Expectador nos detenemos a revisar aquellas películas que lograron destacar en un año especialmente desafiante para el cine. Fue un periodo marcado por estrenos de alto impacto, regresos largamente esperados, consagraciones autorales y sorpresas que encontraron su lugar en salas de cine alrededor del mundo. Entre grandes producciones y propuestas más íntimas, estas obras supieron dialogar con su tiempo, explorar nuevas formas narrativas y expandir los límites del lenguaje cinematográfico.
Por esto, presentamos una selección de 50 películas representativas de distintas miradas, contextos y realidades del cine contemporáneo:
50. Materialists (Celine Song)
Tras la íntima Past Lives, Celine Song gira el volante hacia un territorio deliberadamente artificial. Materialists se mueve en un mundo de belleza intervenida y relaciones que parecen diseñadas para ser exhibidas. La comedia romántica funciona aquí como un dispositivo irónico: Song toma sus códigos clásicos, los exagera y los vuelve casi decorativos, como si el amor fuese otro objeto de lujo más. Todo luce impecable, pulido hasta el exceso, y precisamente por eso transmite una sensación persistente de vacío.
En medio de ese escaparate emocional, la química entre Dakota Johnson y Chris Evans introduce una fisura inesperada. Sus encuentros, sostenidos por silencios y miradas más que por grandes declaraciones, revelan un deseo de conexión genuina que choca con el entorno artificial que los rodea. Pedro Pascal encarna el ideal aspiracional con una perfección casi inquietante, reforzando la idea de que el romance contemporáneo se vive como una performance. La película no siempre logra articular un conflicto sólido, pero sí instala una pregunta incómoda que atraviesa todo el relato: si el amor sigue siendo una promesa real o apenas otro ritual que repetimos porque no sabemos muy bien cómo soltarlo. – Juanma Hernández
49. La Ola (Sebastián Lelio)
En esta audaz incursión al género musical, Sebastián Lelio transforma la efervescencia del «mayo feminista» en una coreografía de urgencia política. Lejos de la fantasía escapista, La Ola utiliza la canción y el baile para amplificar una voz colectiva, convirtiendo a la ciudad en un escenario donde la estética de la protesta se entrelaza con la crudeza documental.
Sin embargo, es en la dimensión humana donde la cinta encuentra su verdadero peso. Más allá del espectáculo de masas, Lelio indaga en el costo íntimo de la movilización, explorando cómo la identidad individual se disuelve y se reconstruye dentro de la marea coral, aunque con cierta distancia narrativa de la realidad nacional. Cayendo en caricaturas ocasionales de sus personajes, destaca la musicalización, que opera como un mecanismo de catarsis frente al trauma; un grito unificado que, aunque por momentos bordea la idealización del conflicto, termina por revelar la angustia y la esperanza inquebrantable de una generación que define su valor a través de la resistencia. – Antonia Hernández
48. F1 (Joseph Kosinski)

Tras 30 años ausente, el accidentado y rebelde piloto Sonny Hayes se suma a APX GP, el equipo de su ex compañero para competir en la Fórmula 1. Junto a un joven y competitivo corredor, deberán revertir los malos resultados del equipo antes de que la compañía decida venderlo.
Una fórmula narrativa clásica, segura para un cineasta experto en trabajar historias de redención, visuales espectaculares y diseños sonoros alucinantes junto al OST de Hans Zimmer que mantienen amarrado al asiento. La participación de leyendas de la F1 hace la experiencia más inmersiva para los fanáticos y quienes recién se adentran a este mundo. – Pedro Pablo Tenorio Yáñez
47. Companion (Drew Hancock)
En lugar de seguir las fórmulas habituales del suspenso romántico, Companion propone un retrato ácido sobre la obsesión y la pertenencia. Drew Hancock entrelaza el horror visceral y la comedia negra sin caer en la parodia ni en el golpe de efecto barato, permitiendo que la perversidad de la trama se revele a partir de la inmaculada estética de sus protagonistas.
Más que resolver un misterio, el film entiende la angustia de sus personajes y la deja escalar. En ese gesto, encuentra su mayor fuerza: una mirada cínica y consciente de los abismos de la intimidad moderna, que acompaña hacia el desenlace sin concesiones y observa la destrucción mutua sin retirar la vista. – Juanma Hernández
46. The Monkey (Spencer Sherry)
Este filme de horror, dirigido por la figura en ascenso de Oz Perkins, ofrece un relato cómico sobre el gran absurdo de la muerte. En formatos violentos que bordean el slapstick, y con diálogos y escenas ciertamente caricaturescas, The Monkey termina por construirse gracias a un cast que logra hacerle justicia al ritmo lúdico y sus encantos.
Al igual que en Longlegs, la marca personal de Perkins aparece a través del relato familiar. The Monkey es una película subversiva, pero sobre todo ridículamente trágica, especialmente dentro de su festín sangriento y curiosamente íntimo. Al final, se requiere cierto nivel de desastre y calamidad en la vida de uno para poder burlarse de la tragedia en sí. – Antonia Hernández
45. La Hermanastra Fea (Emilie Blichfeldt)
En esta producción Noruega, el cuento de hadas de la Cenicienta es subvertido a través del terror corporal, aproximándose a la violencia solapada de
la belleza y la disciplina con un ojo satírico. Al más puro estilo europeo, La Hermanastra Fea centra su narrativa en los márgenes de la historia tradicional, abordando los horrores psicológicos y físicos de un personaje olvidado.
Visualmente la película aborda a la obediencia como estética violenta: espejos, sangre, opulencia y excesos. Los estándares impuestos son, evidentemente, inalcanzables, pero el absurdo yace en la desesperación por alcanzarlos, y el corazón en la angustia de no lograrlo, de definir el valor en base a la apariencia. Sin grandes ambiciones, la crítica directa de Blichfeldt apela a un sistema que habita nuestra realidad, y cuyo dominio del cuerpo sobrepasa con creces a la imposición de la delicada zapatilla de cristal. – Antonia Hernández
44. The Smashing Machine (Benny Safdie)
La película se desplaza del espectáculo físico hacia el territorio más frágil del cuerpo y la identidad. El retrato de Mark Kerr no se articula desde la épica deportiva, sino desde el desgaste que deja una vida sostenida por la exigencia de ser invencible. La fama, el éxito y la presión pública aparecen como fuerzas que modelan —y erosionan— al sujeto, mientras la cámara observa con paciencia cómo el cuerpo, lejos de ser un trofeo, se convierte en un espacio de conflicto permanente.
En ese desplazamiento, Dwayne Johnson rompe con su imagen habitual para encarnar a un hombre atrapado en su propio impulso, sostenido por una actuación contenida que deja ver grietas más que gestos grandilocuentes. La presencia de Emily Blunt aporta un contrapeso emocional clave, recordando que toda batalla individual tiene efectos colaterales. El resultado es una película que se aleja del frenesí y apuesta por la contemplación: no habla de vencer, sino de lo que queda cuando la fuerza deja de ser suficiente. – Juanma Hernández
43. Avatar: Fire And Ash (James Cameron)
Aún atendiendo como cierto que la última película de Avatar no es exactamente lo que se dice pivotal ni demasiado empeñada en empujar la historia macro, ni las herramientas narrativas, ni los ejes temáticos, no se puede ignorar su esfuerzo autovalente por defenderse. En cualquier escenario, las Avatar se siguen rigiendo por un esquema de aventuras tan propio del siglo XX como lo es la forma de estas películas: siglo XXI.
No es malo darse una pausa para apreciar la sola existencia de Avatar como una manifestación de una mente inquieta por la ciencia ficción que hoy está dotado de los recursos que ninguna otra persona tiene. E incluso contando a escritores de novelas, Cameron sigue siendo la entidad creativa con más agencia pública a la hora de extender sus productos al mundo. – Nicolás Merino
42. Calurosa Navidad (Álvaro Díaz y Pedro Peirano)
El mejor noticiero de Chile, vuelve a sorprendernos con un especial navideño donde la nieve brilla por su ausencia y el calor amenaza con arruinarlo todo. En Titirilquén, una ola veraniega pone en riesgo la visita del Viejito Pascuro, obligando al equipo de 31 Minutos a embarcarse en una misión caótica a cargo de Juan Carlos Bodoque, conocido por tomar malas decisiones.
Diecisiete años después de su primera incursión en el cine, Álvaro Díaz y Pedro Peirano entregan lo que bien puede considerarse la obra más ambiciosa y lograda de todo el universo 31 Minutos. Calurosa Navidad no solo recoge lo mejor del programa, como su humor absurdo, sus personajes defectuosos y sus canciones memorables, sino que lo lleva a un nuevo nivel. Aquí, el dúo creativo trabaja con plena confianza en su identidad, construyendo un mundo coherente, visualmente cuidado y emocionalmente cálido, donde el caos nunca es gratuito. – Pedro Pablo Tenorio Yáñez
41. The Naked Gun (Akiva Schaffer)
El reboot/secuela de The Naked Gun asume su lugar como continuidad antes que como reemplazo, retomando el espíritu del absurdo y el gag constante que definieron a la saga original. La película avanza a partir de una acumulación incesante de chistes visuales y juegos de palabras, donde la exageración y el disparate se imponen por sobre cualquier preocupación por la lógica.
Sin aspirar a replicar la frescura irrepetible del clásico, el film funciona mejor cuando acepta su condición heredera y se entrega sin complejos al humor físico. Más que reinventar la comedia, celebra una tradición que confía en el ritmo, el exceso y la risa inmediata, reivindicando una forma de humor que hoy resulta casi anacrónica. – Juanma Hernández
40. The Long Walk (Francis Lawrence)
En un año de múltiples adaptaciones de Stephen King y, no solo eso, múltiples adaptaciones de historias de distopias que basan su movilidad social en competencias, destaca que una mente experimentada como Francis Lawrence adapte la materia prima de este modelo narrativo.
Antes de cualquier historia de Battle Royale estuvo la novela de King. Incluso antes de The Hunger Games, cuyas adaptaciones estuvieron filmadas, precisamente, por Lawrence. El círculo de un micro género se cierra con todo el desparpajo que en otro momento no se pudo filmar. Es un blockbuster entretenido y nihilista como pocos. Inédito para películas de esta escala. – Nicolás Merino
39. Friendship (Andrew DeYoung)
Como en I Think You Should Leave y The Chair Company, el humor de Tim Robinson parte de situaciones simples que rápidamente se desvían hacia el absurdo, usando la repetición y el exceso para tensar las relaciones más cotidianas. Friendship traslada ese registro al formato largo, tomando la amistad masculina como punto de partida para explorar inseguridades, expectativas y pequeñas obsesiones que se salen de control.
La presencia de Paul Rudd funciona como un contraste que potencia ese desajuste, haciendo que cada escena avance desde la incomodidad y el humor seco. Aunque no todas las ideas mantienen el mismo ritmo a lo largo de la película, Friendship celebra el estilo inconfundible de Robinson, confirmando su capacidad para estirar lo cotidiano hasta volverlo tan incómodo como profundamente gracioso. – Juanma Hernández

38. Honey, Don’t (Ethan Coen)
El desenlace de la comunión creativa de los hermanos Coen ha proliferado algunas de las apreciaciones más injustas de la historia de la discusión cinematográfica contemporánea. Toda esa obsesión por señalar al “Coen bueno” no es más que una expresión de la necesidad de encajar narrativas discursivas en ejes de culto a la personalidad. En este contexto, quizá es necesario entender la raíz de las obsesiones de los Coen (y en particular de Ethan, eterno guionista) antes de criticar a destajo.
Honey, Don’t es la segunda película de la triología de thrillers eróticos en clave comedia que Ethan Coen ya ha logrado materializar desde que empezó su carrera solista. Son filmes divertidos, de bajo presupuesto, pero llenos de estrellas y con un ingenio inédito para estos días. Precisamente, el que recuerda guiones como los de Burn After Reading o Raising Arizona. Una película obligatoria para los entusiastas de la comedia. – Nicolás Merino
37. A House Of Dynamite (Katheryn Bigelow)
Quizá, tan solo un año después de que se publicara una investigación de un nivel tal como el del último libro de Annie Jacobsen no era exactamente el mejor momento para dar una fantasía de paranoia nuclear como esta. El periodismo ya le ganó a esa narrativa. Lo que alguna vez fue material para las grandes películas –de género– de Lumet o Kubrick hoy vive a la sombra de la realidad y no bajo el amparo creativo de la ficción.
En este contexto, el que Bigelow de con una fórmula para sintetizar las ideas de un filme de la naturaleza de A House of Dynamite es un genuino milagro. Filmada como solo Bigelow podría filmar hoy, su última producción cumple de manera más que suficiente con sus propias metas. Está la forma, pero también el fondo. Quizá no es una película tan profunda ni compleja para un tema tan profundo y complejo. Pero gana la forma. – Nicolás Merino
36. Frankenstein (Guillermo Del Toro)
En los dos siglos transcurridos desde la publicación de la novela de Mary Shelley, una adaptación tras otra ha intentado capturar la esencia de la criatura de Frankenstein. En todas ellas, lo grotesco era lo predominante, pero con Guillermo del Toro a cargo, lo monstruoso va más allá. Melodramática y exuberante, la nueva adaptación de Shelley es una ambiciosa fábula sobre padres e hijos, amantes y marginados, de seres humanos como los verdaderos monstruos. Víctor, su creador, se presenta como una figura egoísta. Mientras que Frankenstein, su creación, es inocencia pura.
En esta especie de drama shakesperiano, Del Toro propone una reflexión sobre la creación y el límite entre lo humano e inhumano, logrando rescatar la faceta menos explorada de la criatura para entrelazar una vez más belleza y brutalidad como características inherentes de la humanidad. – Bárbara Conejero
35. Die, My Love (Lynne Ramsay)
Como suele ocurrir en el cine de Lynne Ramsay, Die My Love se piensa menos como un relato cerrado que como una deriva emocional articulada a través de la imagen, el color y la textura de los cuerpos en escena. La película despliega una exploración sensible de la intimidad y del deseo, apoyada en planos de gran fuerza expresiva y en una puesta en escena que observa sin subrayar, permitiendo que los estados internos de su protagonista se manifiesten desde lo visual más que desde el diálogo o la acción.
Esa apuesta formal, sin embargo, no siempre encuentra un respaldo equivalente en el guión, que avanza de manera discontinua y deja ciertas tensiones sin una elaboración clara. El film se afirma así como una experiencia potente en lo sensorial y lo atmosférico, pero irregular en su construcción narrativa, revelando tanto la radicalidad de la mirada de Ramsay como los límites de una exploración que confía más en la forma que en la cohesión del relato. – Juanma Hernández
34. Wake Up Dead Man (Rian Johnson)
En un mundo donde el cine contemporáneo suele desconfiar de la narrativa clásica, Rian Johnson vuelve por tercera vez a deslumbrar de manera muy entretenida y lúdica, una forma antigua: el misterio construido con paciencia, pistas visibles y un crimen que ordena el relato. Wake Up Dead Man se inscribe de lleno en la tradición de Agatha Christie y el género policial clásico, que el cine muchas veces trata como un ejercicio nostálgico. Sin embargo Johnson, lo aborda como un mecanismo vivo, capaz de dialogar con el presente sin perder su estructura ni su placer básico: mirar, sospechar y dudar de todos.
Fiel a su estilo, Johnson complica la trama hasta el límite, privilegiando el sentido temático por sobre la limpieza del rompecabezas. El misterio se vuelve enredado y, en más de un momento, difícil de resolver para el espectador, pero esa opacidad parece deliberada: aquí importa menos descubrir al culpable que observar cómo el crimen deja al descubierto las grietas de un sistema de creencias. Con una puesta en escena sobria, una fotografía apagada y un tono más serio que el de entregas anteriores, Wake Up Dead Man confirma la habilidad de Johnson para apropiarse de un género clásico, hacerlo suyo, y entretener siempre al espectador, incluso cuando eso implica incomodar las reglas del juego. – Catalina Vives
33. Pavements (Alex Ross Perry)
Esta biopic inventada es más que un chiste: funciona como espejo sobre el tipo de relato que suele construirse alrededor de las bandas que alcanzan el estatus de culto. Perry parece preguntarse qué queda de verdad detrás de las biografías “oficiales” y si acaso existe una forma honesta de representar la historia de una banda sin que la industria la convierta en mercancía o en mito.
Uno de los aspectos más interesantes de Pavements es que invita a pensar cómo una banda se narra a sí misma después de décadas, y qué partes de esa historia deja fuera. ¿Qué significa reconstruir un legado cuando la banda en cuestión siempre se movió entre la ironía, el desapego y una especie de genialidad accidental? El filme nunca responde del todo, pero su estructura caótica parece afirmar que cualquier intento por darle coherencia a Pavement es, en sí mismo, una contradicción llena de riqueza.- Juanma Hernández

32. Los Años Salvajes (Andrés Nazarala)
Como los relatos que se detienen en los márgenes antes que en los triunfos, Los años salvajes no es solo la historia de un músico en decadencia, sino también la de una forma de entender la vida artística cuando el tiempo ya pasó la cuenta. Andrés Nazarala construye un retrato alejado de la épica y la nostalgia fácil, observando a su protagonista desde el desgaste, la ironía y la persistencia silenciosa de seguir creando aun cuando las promesas quedaron atrás.
Valparaíso aparece como una extensión emocional del relato, una ciudad marcada por la ruina, la memoria y una bohemia que sobrevive sin romanticismos. Más que narrar una caída o una redención, la película captura una energía generacional en retirada, donde el fracaso, la amistad y la música conviven como gestos cotidianos de resistencia frente al paso del tiempo. – Juanma Hernández
31. Caught Stealing (Darren Aronofsky)
Dentro de una filmografía marcada por la obsesión, el exceso y personajes siempre al borde del colapso, Darren Aronofsky da aquí un giro inesperado al abrir espacio a un humor constante que atraviesa la película de principio a fin. Sin renunciar del todo a la tensión ni a sus temas habituales, el relato se permite momentos abiertamente cómicos, situaciones que bordean lo absurdo y una ligereza poco común en su cine, como si el caos habitual estuviera atravesado por una ironía consciente de sí misma.
Ese tono encuentra un aliado clave en el soundtrack a cargo de IDLES, cuya energía cruda, imprime un ritmo punk y empuja la narración hacia adelante. La música no funciona como simple acompañamiento, sino como un motor que amplifica tanto el nervio como el desparpajo del film. El resultado es una obra que se siente atípica dentro del recorrido de Aronofsky: más lúdica, más suelta, y sorprendentemente divertida sin perder del todo su filo. – Juanma Hernández
30.The Running Man (Edgar Wright)
Edgar Wright vuelve con The Running Man, su proyecto más ambicioso, reinterpretando la novela de Stephen King desde un thriller distópico que cruza espectáculo, violencia y control mediático. Lejos de la comedia que marcó su filmografía, la película sigue a Ben Richards (Glenn Powell), un hombre expulsado del sistema que, ante la enfermedad de su hija, acepta participar en un programa televisivo donde debe sobrevivir 30 días siendo cazado en vivo, con una audiencia que colabora activamente como delatora.
El film encuentra uno de sus puntos más inquietantes en Dan Killian (Josh Brolin), dueño de la cadena televisiva y rostro de un poder que convierte el dolor en mercancía. Wright utiliza este escenario para satirizar la cultura del espectáculo estadounidense y exponer cómo la violencia se normaliza cuando es empaquetada como entretenimiento. Aunque su estilo visual habitual aparece atenuado, el ritmo y la precisión narrativa confirman su autoría, mientras la historia sugiere que el verdadero horror no está en la cacería, sino en una sociedad dispuesta a celebrarla. – Juanma Hernández
29. Alpha (Julia Ducournau)
La ciencia ficción distópica ha sido maltratada. Esa proyección de los problemas actuales a través de un lenguaje en clave de fantasía se trata hoy con tanta literalidad que las producciones terminan acercándose más al chiste que a la sátira. Que no es lo mismo. Por suerte, todavía tenemos Julia Ducornau.
Cuando Alpha se estrenó en Cannes, el discurso general era que Ducornau había hecho una película sobre el sida menos lograda que sus dos cintas anteriores. Injusto, cuando es tanto más que eso. Ducornau dio con una creación de mundo, que es analógica a otro basado en la realidad, sí, pero cuál no lo es. Igualmente, no es algo que se vea recurremente –o al menos no a este nivel– ni en Europa, ni en Estados Unidos ni en oriente. Viendo Alpha con detención, se puede mantener la seguridad de que Ducornau no ha perdido nada. – Nicolás Merino
28. Predator: Killer Of Killers (Dan Trachtenberg)
En una década en la que la propiedad intelectual Predator se vio apropiada por la dirección (nunca mejor dicho) de una sola persona, Dan Trachtenber, y ya habiendo tres películas al haber de sus órdenes, no hay que dejar de considerar que Killer Of Killers no solo es la mejor, sino también la más aportadora.
Quienes siguen Depredador habrán leído durante años estos casos de tramas hipotéticas en las que la criatura se encuentra con gente armada de tal o cual cultura. Esta película, dotada de una imaginación más que suficiente para resolver esa pregunta tres veces, aporta un par de respuestas y, en la retórica fanática de Trachtenburg, explora también la elasticidad de la criatura y no solo las de las características de quienes deben sobrevivir y su escenario. Incluso llegamos a ver un combate aéreo por primera vez en la saga. Bueno, por primera vez en una película buena. – Nicolas Merino
27. Warfare (Alex Garland)
Garland retoma el terreno bélico tras Civil War —donde la guerra funcionaba como una proyección política y un ejercicio de anticipación— para proponer una experiencia directa a la médula, situándonos en el centro de una misión despojada de adornos y discursos explícitos sobre la moralidad del conflicto.
El foco se instala en la inmediatez del combate y en el desgaste físico y mental que este provoca, sostenidos por una puesta en escena que privilegia la inmersión. El trabajo sonoro, el ritmo y la fragmentación del relato construyen una tensión constante y una sensación de fragilidad permanente, marcando un desplazamiento claro desde la alegoría hacia una vivencia más cruda y frontal. – Juanma Hernández
26. The Phoenician Scheme (Wes Anderson)
La entrega más reciente de Wes Anderson trae de vuelta al quizás aspecto más encantador de su cine: sus personajes, seres desplazados, excéntricos, construidos con capas de humor y una tristeza que resuena en los detalles. A diferencia de películas anteriores, aquí asoma una dimensión más existencial. La religión, el debate ético asociado a las políticas extractivistas de parte de empresarios, y los conflictos irresolutos y vacíos emocionales que canalizan este ímpetu colonial, son algunas de las temáticas que se abordan—todo de la mano de una cinematografía y diseños de producción encantadores, más un soundtrack de música clásica que mantiene el pulso con elegancia.
Es en sus momentos de simpleza que el filme encuentra su verdadera fuerza. Aunque el estilo bordea en asfixiar la historia, especialmente en sus primeros y últimos tramos, cuando se detiene el mecanismo y cuando el decorado deja de girar, El Esquema Fenicio revela lo que ha estado allí desde el inicio: una relación familiar tensa y compleja, que empuja el relato mediante la evolución de los tres protagonistas. Al final, la emoción no está en la superficie, sino en los silencios, desencuentros y contradicciones de personajes que no terminan de decir todo lo que sienten. – Antonia Hernández
25. History of Sound (Oliver Hermanus)
Una historia de romance pausada y melódica, de amor por la música, de amor por el arte y de amor desventurado. History of Sound nos transporta a inicios del siglo pasado para contar un relato en los márgenes de la guerra, donde Paul Mescal y Josh O’Connor se unen en armonía en una misión de registro musical a través del país.
Grabando canciones folk a medida que un romance solapado crece, tanto los personajes como la cinta encuentran su fuerza y corazón en los momentos en que la música ocupa la pantalla. Las notas suaves logran movilizar una película que por lo más peca de un ritmo aletargado, pero que aún así logra resurgir cuando el arte sonoro y sus dos amantes lo requieren. – Antonia Hernández
24. Todos Somos Justos (Carlos Leiva)
Leiva desencaja de la cadena de producción imperante en Chile. Quizá no literalmente, pero eso no importa. Lo que si se puede atender es el carácter narrativo y temético único de su cine. Ya lo había hecho antes y esta vez lo hizo de nuevo. Y con una película más chilena que los porotos, aún con todas esas comparaciones con Funny Games y Parasite encima.
Todos Somos Justos tiene un guión y una trama que hace diez o veinte años, solo por como se ejecutaban estas ideas, hubiese sido un total desastre. Ya no son tiempos para desperdiciar tiempo tropezando dos veces con la misma piedra. Si lo hacían, lo hacían mejor que nadie y, sí, quizá no hay mejor producción chilena sobre asaltos en la historia. – Nicolás Merino
23. Sentimental Value (Joachim Trier)
Con Sentimental Value, Joachim Trier se adentra con delicadeza en las heridas generacionales que atraviesan a una familia moderna, escribiendo al mismo tiempo una carta de amor al cine como espacio de encuentro, memoria y reparación. A través de escenas breves y gestos contenidos, la película permite que su conflicto se expanda más allá del vínculo entre un padre y sus hijas, transformándose progresivamente en un relato coral sostenido por silencios, tensiones y afectos no resueltos.
Una casa familiar, cargada de memorias y ausencias, emerge como el centro emocional del relato, un lugar donde pasado y presente dialogan con una cadencia melancólica desgarradora. Sostenida por las impecables interpretaciones de Renate Reinsve, Inga Ibsdotter Lilleaas y Stellan Skarsgård, la cinta es ambiciosa sin intentarlo, chistosa en lo cotidiano y profundamente humana, dejándonos una resonancia suave y persistente, que nos cala en lo más profundo. – Viviana Miranda
22. Train Dreams (Clint Bentley)
Una obra contemplativa sumamente bella que recorre las etapas de la vida de un solitario jornalero entre bosques y ferrocarriles. Amor, familia, trabajo y pérdida son algunos de los ejes centrales en una cinta que invita a reflexionar detenidamente sobre el paso por un mundo incontrolable.
Con una especial sensibilidad ante los detalles, lo humano y la naturaleza, este drama transmite una profunda melancolía, gran tristeza, pero finalmente una sensación de paz. Pudo ser menos explícita en su uso de la música, aunque esto no le resta valor al notable trabajo de atmósfera, de actuación y de viñetas que componen uno de los mejores trabajos cinematográficos del último tiempo. – Pedro Pablo Tenorio Yáñez
21. Nouvelle Vague (Richard Linklater)
Como las grandes historias sobre los grandes artefactos artísticos, Nouvelle Vague no es tan solo la historia del primer filme de Godard, sino también la historia de una energía y una serie de esquemas que ya no existen. No es tanto una trama sobre la Nueva Ola Francesa como lo es de la gente que la miró más de cerca. Entre ellos, el mismísimo Jean-Luc Godard, quien -al igual que Truffaut- partió como ejecutor de manifiestos críticos para terminar haciendo manifiestos artísticos.
Linklater cumple con el detrás de cámaras de Breathless, y efectivamente hay toda una serie de datos sabrosos sobre la producción. Propios de un libro de Michel Ventura o Peter Biskind. Además, el lenguaje cinematográfico emula el del cineasta francés. Pero más importante aún, Nouvelle Vague cumple con estudiar a Godard como hijo de un fenómeno que, además, transformó el fenómeno. Nada más cercano a las recurrentes obsesiones de Linklater que las generaciones que van, vienen y fueron. – Nicolás Merino
20. Sirat (Oliver Laxe)
Esta escuela narrativa de los viajes exteriores e interiores, brutales por dentro y por fuera, alguna vez fue norma en el cine adulto formalmente fantástico. Los ejemplos de viajes de descenso a los infiernos son cuantiosos y hace tiempo que no se veía uno del nivel de Sirat.
La producción franco española de Laxe tensa las comodidades exclusivas de la modernidad europea en un contexto en el que el mismo continente se ve aplastado por sus propias contradicciones posmodernas. Las distintas generaciones se aplastan intentando dialogar y coexistir. Un siglo que no es capaz de pasarle la batuta al otro reflejado en una road movie de ciencia ficción. – Nicolás Merino
19. Wicked: For Good (Jon M. Chu)
Son 22 años desde que el musical Wicked se estrenó por primera vez en Broadway. Con una inconfundible composición musical de Stephen Schwartz, se dio inicio al fenómeno verde y rosa en la historia de los musicales, con una trama que provenía de un libro: “Wicked: Memorias de una bruja mala” (1995), de Gregory Maguire. Hoy, en pleno 2025, lo que congrega en salas es el estreno de la segunda parte de sus adaptaciones cinematográficas: Wicked: for Good. Un fenómeno de alto calibre que arrastra gente a los cines como pocas producciones se pueden permitir.
Existe una intención por cuajar los nexos con el Mago de Oz y conocer las leyendas tras sus icónicos personajes, sabiendo que caminaremos por la vereda de las brujas. Y aunque quizá hubiera encantado una conversación más fluida entre las dos historias, era importantísimo no prestar ni por un segundo a duda quienes eran las verdaderas protagonistas, y Wicked: for Good no falla en ello. – Alejandra López
18. No Other Choice (Park Chan-Wook)
Hay que tener mucho tino para hacer una película genuinamente actual. La crisis del empleo en Corea pudo haber esperado. Pero no con cineastas como Park Chan-Wook sueltos.
Referida apresuradamente como la Parasite de este año, en realidad No Other Choice es algo más compleja que eso. Partiendo por una destilación en el estilo que pocos autores trabajan de manera tan sensible como Chan-Wook en todo el escenario mundial. Y tanto en fondo como en forma. Hay una delicadeza en el cuidado del cine como expresión primaria que hoy simplemente no se ve. Aún siendo eso lo mínimo, pues lo que hace el director es de, de hecho, de novela. Ambición. Violencia. Dependencia. Crisis. Solo algunos de los elementos que logra enterrar como base para complementarlos con un manto tan ilustrativo como elegante. – Nicolás Merino
17. Oro Amargo (Juan Francisco Olea)
En un escenario para Chile donde el género parece relegado al streaming y a la obligación por superponer otros elementos sobre las temáticas que -evidentemente- son aquellas que a los realizadores realmente les interesan, Oro Amargo supone un aire refrescante y de gran valor industrial. Un thriller como no se veían en Chile desde comienzos de siglo (sino antes). Dotado además de algunas de las mejores actuaciones nacionales del año.
El género –incluso el que viene de afuera de Estados Unidos– ha llegado a un nivel de cerebralidad que, por las faltas en la ejecución, cada vez se ha visto más lejano a los valores que, en efecto, lo hacían género. Lo último de Olea es tan carnaza como inédito. Es una historia sobre combustión y venganza ambientada en tierra de nadie. Sin reglas. Como tiene que ser. – Nicolás Merino
16. Bring Her Back (Danny Philippou y Michael Philippou)
Tras el impacto de Talk to Me, los hermanos Philippou profundizan su mirada hacia un terror más áspero, apostando por una atmósfera sostenida en la tensión y en relaciones marcadas por la pérdida. La película combina un tratamiento físico del horror con una puesta en escena precisa, donde el miedo se construye tanto desde lo que se sugiere como desde la dinámica entre los personajes.
Sin intentar replicar el golpe inmediato de su debut, el film opta por un relato más denso y persistente, confiando en el clima, en las actuaciones y en una amenaza que se instala de manera constante, reafirmando a los Philippou como voces cada vez más definidas dentro del terror contemporáneo. – Juanma Hernández
15. Superman (James Gunn)
James Gunn leyó. Es una base tan –supuestamente– mínima como –aparentemente– superlativa. Superman, el personaje, no es una manifestación narrativa producto de la generación espontánea. Su existencia responde a una tradición de mezcolanzas entre otras tradiciones que van concibiendo nuevas actualizaciones del mito. Gunn es consciente de ello porque Gunn leyó.
Cuando se dice que la Superman de James Gunn es una película “comiquera”, lo que realmente se quiere expresar es que es una película consciente del mito del personaje. De los valores. Principios. Motivaciones. Razones. En fin, entenderlo sin necesariamente desarmarlo en pantalla. Ya hemos tenido suficiente de eso. Aunque Gunn no puede dejar de ser Gunn, la parte positiva de ello es que no lo exime de su determinación por contar una historia hecha y derecha. – Nicolás Merino
14. Weapons (Zach Creeger)
Apoyándose en la buena recepción que tuvo Barbarian, Zach Cregger amplía aquí su ambición y desplaza el terror hacia un relato coral, donde el misterio se construye a partir de múltiples puntos de vista y una amenaza que se expande constantemente. La cinta trabaja la tensión desde la espera, la desorientación, combinando momentos perturbadores con giros narrativos que evitan la linealidad y refuerzan una atmósfera de inquietud constante.
Aunque no siempre alcanza la profundidad emocional que su planteamiento sugiere, Weapons confirma a Cregger como un cineasta interesado en tensionar las convenciones del género, apostando por relatos más complejos y por un horror que se filtra lentamente en lo cotidiano. – Juanma Hernández
13. The Mastermind (Kelly Reichardt)
Al más puro estilo de Kelly Reichardt, The Mastermind construye un viaje que se desarrolla con lentitud, fluyendo con gracia a medida que sumerge al espectador en ella. Aquí los planes fracasan, la vida sigue, y la cinta se orienta a la contemplatividad. Un grupo de ladrones, liderado por un Josh O’Connor igual o más encantador que siempre, intenta robar arte de un museo sin mucho éxito. Lo que sigue es afrontar el fracaso, a medida que el entorno se va revelando como un Estados Unidos convulsionado y contrastante con la pausa errante de J.B.
El ritmo es preciso, acompañado de un jazz ameno que envuelve lentamente y amortigua las expectativas de lo que, en otra historia y en otro cine, sería una película de atracos tradicional. No se trata de una película declarativa, son otras las sutilezas, enmascaradas en una calma, un color y una cámara que con su encanto hacen que de The Mastermind se sienta tal y como tomar vino dulce en una tarde de otoño. – Antonia Hernández
12. Hamnet (Chloé Zhao)
Basada –y algo atada– en la exitosa novela homónima de Maggie O’Farrell, lo último de Chloé Zhao es una espectacular adaptación cinematográfica de los tópicos que la autora inglesa ya había sembrado: Esencialmente, el amor de Anne Hathaway y William Shakespeare, y el fallecimiento del hijo del matrimonio, Hamnet Shakespeare. Todavía por causas desconocidas.
La lectura de la novela de O’Farrell al lado del libreto obligatorio de Hamlet, de Shakespeare, puede dar algunas luces inéditas sobre los detalles más sensibles de la historia de venganza más seminal de occidente. Es una gran labor. El trabajo de Zhao fue llevarlo a otro medio con el mayor respeto posible y, de hecho, colaborando con O’Farrell en el guión. Aún cuando las historias son esencialmente las mismas, el lenguaje del filme de Zhao si logra dar con algunos picos emocionales que la novela no. El montaje de Hamnet es de una cumbre sentimental que revisa la relación entre el humano y el arte como ninguna otra película del año. – Nicolás Merino
11. Bugonia (Yorgos Lanthimos)
La película reciente dirigida por Yorgos Lanthimos, protagonizada por su ya considerada musa, Emma Stone. En este thriller, que también contiene momentos importantes de comedia, Jesse Plemons entrega una actuación impecable interpretando la mente maestra de un secuestro que tiene de todo para salir mal. El filme se distingue, frente a otras producciones del año, por su belleza visual: una imagen luminosa construida a partir de planos abiertos que resaltan gracias a sus colores saturados y estimulantes.
Todo ese trabajo visual, más que lucirse por sí mismo, acompaña al corazón de Bugonia: el drama interno de sus personajes, escondido bajo la parodia con la que son presentados. Tal vez no sea solo una película sobre conspiraciones peligrosas, sino sobre la necesidad desesperada de encontrar un sentido cuando el mundo se vuelve incomprensible. ¿Hasta qué punto no son las creencias una forma de supervivencia? Y, como una última pregunta al aire, para quienes la recuerden después de verla: ¿cuál es la situación más digna de la vida cotidiana para desplomarse de golpe? – Alejandra López Díaz
10. Eddington (Ari Aster)
Un western político atravesado por el virus de la polarización, los juegos de poder y la devastación corporativa. Ari Aster logra en Eddington entretejer numerosas temáticas con la sutileza necesaria para no ahogarse en ninguna, entrelazando infiernos personales, políticos y colectivos con éxito.
La sátira se vuelve terrorífica cuando se acerca cada vez más al mundo que nos rodea. Cuando la violencia se infiltra en nuestra vida cotidiana, solo le puede seguir la destrucción. El delirio de poder de Joe, interpretado por un Joaquin Phoenix brillante, desatado tras perder el control de su propia vida, refleja la manera en que quienes detentan el poder reaccionan para aferrarse a su posición. Pero también deja en evidencia lo absurdo de esos intermediarios obsesionados con proteger su frágil burbuja de dominio, mientras los verdaderamente poderosos continúan manipulando el relato y desviando la atención de los problemas más profundos. – Antonia Hernández
9. La Misteriosa Mirada Del Flamenco (Diego Céspedes)
La rabia también puede abordarse de forma delicada. No es fácil, aunque Diego Céspedes haga verlo así. La historia del cine chileno ha encontrado sus mejores historias en los lugares más recónditos. Es donde están las aristas que permiten mirar aquello más estructural, pero desde el punto de vista de aquellos realmente afectados.
La Misteriosa Mirada Del Flamenco es una película superlativa para cualquier estándar. Desde lo formal hasta el fondo. También una profundamente emocional y al choque. Son temas sensibles, igual que la madurez en el trato con el que se aborda. Un tipo de cine que no se ve recurrentemente en Chile y que ciertamente pasará a la historia. – Nicolás Merino
8. 28 Years Later (Danny Boyle)
No hay ciencia ficción como la que realmente invita a mirar hacia adelante. La que ofrece nuevos modelos de sociedad. Abajo de toda la promesa -cumplida- de acción y terror de autor en 28 Years Later está la propuesta de un nuevo modelo de sociedad. La revisión de lo que carcome nuestro mundo hoy por hoy y las opciones para abrir una nueva sociedad desde cero.
Aparentemente, estas películas definitivamente son una propiedad intelectual. Pero en su calidad de producto de masas, no podrían estar en mejores manos si es bajo el buen gusto de autores como Boyle y Garland. Mentes creativas que saben lo que hacen y que tienen una perspectiva interesante sobre el mundo y su devenir. Una historia bíblica sobre el eterno retorno. – Nicolás Merino
7. Its Never Over, Jeff Buckley (Amy Berg)
En lugar de seguir las fórmulas habituales del género, Its Never Over, Jeff Buckley propone un retrato construido desde la cercanía y la observación. Amy Berg articula material de archivo y testimonios directos sin caer en la glorificación ni en la tragedia fácil, permitiendo que la figura de Jeff Buckley se revele a partir de su proceso creativo, sus vínculos y las huellas que dejó en quienes lo rodearon.
Más que cerrar un legado, el film entiende su peso y lo deja respirar. En ese gesto, encuentra su mayor fuerza: una mirada respetuosa y consciente de los límites entre memoria, mito y persona, que acompaña sin invadir y observa sin apropiarse. – Juanma Hernández
6. Sorry, Baby (Eva Víctor)
Un increíble debut directorial de Eva Victor, quien además escribe y protagoniza la cinta. Se trata de un diario fragmentado en risas quebradas y destellos de un pasado doloroso, que recuerda que, como todo en la vida, las tragedias llegan de forma inesperada. Es fácil olvidar que el trauma se esconde en silencio entre las líneas de lo cotidiano hasta que vuelve a irrumpir con crudeza. A veces, lo peor que puede pasar, pasa. A veces, lo impensable golpea la puerta y arrasa con todo.
Para Agnes, ese horror es ineludible. Pero Sorry, Baby no se queda detenida en la idea de si estamos condenados a sufrir; al menos, no es eso lo que intenta transmitir. Dentro de sus magníficas sutilezas, el filme es una oda no a lo que viene después de, sino al simple hecho de que existe un después. Una meditación vulnerable y luminosa sobre la supervivencia imperfecta, la amistad, la complejidad de las emociones y el frágil arte de sobreponerse a —o al menos aprender a convivir con— el dolor. – Antonia Hernández
5. Sinners (Ryan Coogler)
Quién podría culpar a Coogler de usar su poder para algo tan digno como filmar. Quién podría acusar a Jordan de estar desesperado por un papel de primera línea, cuando él mismo concibió dos nuevos papeles de primera línea con una sola película. Quién como este equipo de guionistas para dar con una historia tan original en la era del estanco con las reiterativas adaptaciones de Drácula. Quién estaría en posición de quejarse por la eventual muerte de una tradición musical cuando existen escenas como las del segundo acto de esta película. Quién se atrevería a señalar que los blockbusters ya no son políticos. Quién ha de perdonar a la Academia cuando excluyan esta película por ser de terror. – Nicolás Merino
4. It Was Just an Accident (Jafar Panahi)
La violencia genera grietas irreparables en el tejido social, en Chile lo sabemos más que nadie. Panahi aborda de forma brillante las preguntas difíciles, las contradicciones, dolores e incomodidades que nacen de sufrir (y ejercer) tal dolor. Las ambigüedades humanas permean hasta los conflictos más absolutos. Sea rencor, sea resiliencia, sea algo más, ni los horrores de la guerra ni los crímenes de lesa humanidad logran desarraigar aquello que sostiene al sujeto, que lo vuelve único, y que aún pese a todo, lo logra movilizar.
Arraigada fuertemente a la realidad social y política de Irán y grabada en la clandestinidad, It Was Just An Accident plantea una lectura reflexiva sobre la venganza, la violencia política y la impunidad, en un lenguaje cinematográfico sumamente inteligente. En un mundo en crisis el cine puede ofrecer grandes enseñanzas: los golpes no se dan solos, y los cuerpos no caen por su propio peso al mar, y la sátira oscura y dramática de Jafar Panahi lo deja más que claro. – Antonia Hernández
3. Denominación de origen (Tomás Alzamora)
Se puede hablar mucho de los aspectos formales de Denominación de Origen. Esto incluye, naturalmente, la forma aplicada a la narrativa. Que es deslumbrante. Pero más deslumbrante aún es el fondo de una historia tan presente como necesaria. Ojo, una cosa no anula la otra. Hay aspectos sobre la producción de la película de Alzamora que se traspasan a la pantalla y la narrativa, concibiendo un cruce de géneros y técnicas ejemplar. No hay otra película del presente año que haya trabajado un crossover de estas características a este nivel.
En la superficie, Denominación de Origen trata sobre un grupo de personas que busca conseguir una Denominación de Origen. Eso. Pero, naturalmente, existe un fondo más complejo y sensible. En realidad, la película sigue una historia sobre resiliencia versus contrarianismo. Norma versus espíritu. Pasado versus futuro. Documental falso o no –o a medias–, es un mastodonte de película que no solo es exactamente “necesario” para nuestros tiempos como país. Sino algo más importante: aportador. – Nicolás Merino
2. One Battle After Another (Paul Thomas Anderson)
El gran blockbuster del año, con secuencias de acción atrapantes, algunas destinadas a ser recordadas como esenciales de la década —e incluso del siglo—, aquí el triunfo reside en mantener un ritmo constante durante las 2h50m que la historia ocupa en pantalla. Paul Thomas Anderson utiliza el humor como un modo de enfrentar el mundo más que un recurso de género, alejándose de la sátira para acercarse a una realidad donde lo colectivo y lo íntimo se entremezclan incluso en los pasajes más frenéticos. El filme encuentra aires para lo personal y lo emotivo, allí donde la (des)esperanza respira y donde los personajes dejan entrever las motivaciones que los llevan a construir y destruir sus destinos, incluso en medio de las balas.
Lejos de diluirse en el artificio del gran presupuesto, One Battle After Another, ilustra que las batallas colectivas —la revolución, la nación, el poder, la política— terminan siempre filtrándose en lo privado, en la pequeña guerra de proteger el afecto frente a un mundo que lo amenaza. El Anderson con más recursos es también, de algún modo, el más personal. Y cuando una película de estas dimensiones pone en juego temas como la vigilancia, el autoritarismo, el racismo institucional y la extrema derecha, está haciendo una apuesta no sólo artística, sino política. – Antonia Hernández
1. Un poeta (Simón Mesa Soto)
Dirigida por Simón Mesa Soto y protagonizada por el debutante Ubeimar Ríos, Un Poeta es, ante todo, un poema triste filmado en clave de verso pausado. Su cadencia narrativa se pliega a la métrica de una vida quebrada, aquella del artista atormentado cuya creatividad oscila entre necesidad vital y una carga imposible de soltar.
La película sigue al ficticio Óscar Restrepo en su mísera cotidianidad, quien abatido y frustrado, continúa creyendo en las palabras. Las preguntas flotan sin respuesta definitiva: ¿cuál es el lugar del artista en un mundo que parece no necesitarlo? ¿qué valor conserva la poesía cuando la urgencia es sobrevivir? Cuando la honestidad es lo único que queda frente a la incertidumbre social y el abandono, Mesa rescata la imperfección de los sueños rotos, sumidos en el despojo y en la contradicción constante entre la aspiración artística y la crudeza de las calles latinoamericanas.
Ante todo, Un Poeta reivindica la dignidad del fracaso, mirándolo con ironía amable. Sin juicios. A través de la deriva errante de Óscar —marcada por malas decisiones y una lucidez infantil— la película desarma el mito del “poeta maldito” para revelar una vulnerabilidad más íntima. Una verdad donde la persistencia no siempre busca el éxito, sino que se desespera en no traicionarse, pero también un retrato que entiende tanto la soledad y la alienación sofocantes de la vida cotidiana, como los matices que aparecen ante la deformación del arte en manos del elitismo y la mercantilidad. Todo con un humor negro certero y un pulso dramático que torna la incomodad en algo inescapable.
Entre la sinceridad, el ridículo y la obstinación de ser leal al arte, Óscar desborda humanidad. Es ahí, a través de sus grietas, donde encuentra refugio en las palabras, ofreciéndose como una forma precaria de salvación frente a una vida atravesada por errores, arrepentimientos y una belleza que insiste en no desaparecer. – Antonia Hernández
