Escrito por Felipe León
El siempre inquieto Glenn Danzig fundó su proyecto Danzig luego de una destacada trayectoria en el punk y el rock, junto a bandas como Misfits y Samhain. Tras lanzar su debut homónimo en 1988 continúo sus andanzas, esta vez abriéndose camino por sonidos más cercanos al blues, los que se acomodaron al heavy rock que profesaba desde su primer álbum hasta uno de sus mayores logros creativos: ‘Danzig II: Lucifuge‘ (1990).
Pese a que la oscuridad es una característica nata en su trayectoria, este registro se las arregló para profundizar aún más en el aspecto ocultista de su música. Desde referencias simbólicas a lucifer como alegorías a lo sobrenatural, el fuego misterioso de su propuesta canaliza lo desconocido a partir de lecturas más bien críticas con la humanidad, lo que se acopla al espíritu diverso que promueve este segundo larga duración.
Una vez más la labor en producción recayó en Rick Rubin, aterrizando la visión más ecléctica que evidenciaron sus nuevas canciones. Las referencias a figuras del blues como Robert Johnson y Howlin’ Wolf así como el entusiasmo por Elvis Presley, además de su característico tono pesado, ayudaron a que las dinámicas planteadas en ‘Danzig II: Lucifuge‘ lograran cohesión, de paso contribuyendo al fortalecimiento con creces la identidad del proyecto.
La voz profunda y grave de Danzig se complementa con lo más tenebroso y cavernoso, manteniendo su filosofía en los instantes lentos y pausados. Su química con lo instrumental a cargo del guitarrista John Christ, Eerie Von en bajo y Chuck Biscuits en batería, la formación clásica del banda por así decirlo, se percibe en canciones como «Killer Wolf«, «777», «Girl», «I’m The One», «Her Black Wings», Devil’s Plaything» o la clásica «Blood and Tears». ¿Su mejor obra? Es posible.
