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Live Reviews

Manu Chao en Chile: Comunión popular sin artificios

Escrito por Antonia Hernández
Fotos por Juan Manuel Hernández

En un formato tanto íntimo como adrenalínico, Manu Chao encendió el Teatro Coliseo en el primero de una serie de conciertos que lo llevarán a recorrer el país este verano. El francoespañol ofreció así una jornada anómala, un show formato ultra acústico pero increíblemente maratónico y profundamente humano. 

Tras una obertura de la mano de Aerstame —rapero integrante de Movimiento Original—, quien se encargó de abrir la noche con una mezcla de covers icónicos chilenos y canciones propias, pasadas las 21 horas llegó el momento de recibir al plato principal. 

Manu Chao apareció así sobre el Teatro Coliseo acompañado por su pequeña pero precisa banda, compuesta por el rapero argentino Martín “El Rayo Big Buda” Spagnolo, el percusionista Miguel Rumbao y el guitarrista Matías “Matumati” Giliberto. Con tan solo sus instrumentos y presencia lograron llenar un escenario que, por lo demás, estuvo desprovisto de otros elementos y artificios.

En tiempos de shows cronometrados y estructurados, la seguidilla de canciones —en versiones ciertamente distintas a las de estudio—, dio paso a un ambiente particular, de un carácter que se sintió, ante todo, maratónico. Como en una fogata colectiva, y con los ánimos en alza minuto a minuto, el público coreó junto a los músicos los ritmos y letras de canciones como ‘Todo Llegará’ y ‘Me llaman calle’, junto a himnos como ‘La vida tómbola (si yo fuera Maradona)’ y ‘Libertad’.

‘Por el suelo’, seguida de ‘Malegría’, fueron las primeras canciones en sonar de lo que es quizá la obra más reconocida de Manu Chao: Clandestino (1998), especialmente en latinoamérica, tierra que lo ha recibido con los brazos abiertos desde sus aventuras solistas tras dejar Mano Negra. Más adelante marcarían también presencia dos de los grandes cánticos de este álbum que ya se encamina a las tres décadas, ‘Desaparecido’ y ‘Clandestino’, ambas canciones —como casi todo su repertorio— de fuerte carácter político y reivindicativo, voces de un pueblo históricamente alienado.

Lo habíamos visto hace tan sólo unos días en el escenario del gran Estadio Nacional en Ñuñoa junto al Macha y El Bloque Depresivo entonando ‘La Despedida’, misma canción reapareció a mediados del show y que marcó uno de los momentos de mayor armonía comunal: la audiencia coreando al unísono y los músicos en perfecta sintonía.

Reversiones de sus canciones de los tiempos de Mano Negra también se hicieron presentes en la clave de ‘Mala vida’ y ‘Kind of Bongo’, sumadas a otros temas ampliamente reconocidos de su repertorio, como fueron ‘Me gustas tú’ y ‘Por la carretera’. Como si se tratara de un viaje errante, nómada, la narrativa del concierto permitió grandes momentos de comunión; Manu Chao habló, bromeó, improvisó y volvió sobre sus pasos como quien no quiere despedirse nunca. Y es que no solo se trata de la relación estrecha construida durante años con nuestro país, sino también del entusiasmo de un público evidentemente devoto a la energía del momento. 

El costado más político y afectivo no quedó fuera de la noche. Desde los primeros versos que acompañaron la apertura de Aerstame, pasando por los gritos certeros del público y las declaraciones del artista, hasta las propias canciones de Manu Chao y compañía, atravesadas por una capa contemporánea de rabia y lucidez frente a las tragedias que nos rodean, pero también por la esperanza que nace ante el despojo. Banderas de palestina, consignas contra el fascismo, y los himnos propios del repertorio del artista marcaron así el pulso de la jornada, acompañados por el rap combativo y asertivo de Big Buda, integrado con naturalidad a las canciones y a las particularidades locales de nuestro país, sus costumbres y cultura.

Más que una retrospectiva, lo de Manu Chao en el Coliseo fue una demostración de vigencia ética y energía vital. Jovialidad fue lo que menos faltó, entre canciones que tras años retumban y continúan diciendo lo que muchos eligen —o deben— callar, con el cuerpo y el corazón expuestos a un público que supo recibirlos con candor. 

Antonia Hernández

Escritora aficionada, fanática de las películas de terror y la música triste

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