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Macha y El Bloque Depresivo en Estadio Nacional: Cantar la pena juntos

Escrito por Antonia Hernández
Fotos por Aarón Castro

Tras semanas de espera y un sold-out absoluto alcanzado en tan sólo minutos, el Estadio Nacional de Macha y El Bloque Depresivo construyó una noche donde la multitud asistió a reconocerse en la música. De pena cantada en colectivo, emoción sin pudor y la certeza de que el dolor, cuando se comparte, puede ser abrigo.

La noche comenzó con un sonido de costa, un oleaje grabado que trajo el aire de la Quinta Región hasta el cemento de Santiago. Antes de que apareciera el primer acorde, la voz de Aldo “El Macha” Asenjo —en un poema de bienvenida— introdujo el ambiente bohemio, en clave de adagio, que marcaría la noche.

Sin grandes anuncios, la música brotó con ‘Qué es lo que pasa’, interpretada junto a Vicente Cifuentes, marcando el inicio de una liturgia donde la música cebolla marcó territorio de pertenencia. Y es que, cuando se habla del bolero, se puede uno preguntar: ¿qué define al género? A veces no es solo la intersección de ritmos, sino la construcción de un imaginario común. El bolero se sostiene firme como un lenguaje profundamente latinoamericano; un sentimiento que nos atraviesa incluso antes de aprender a nombrarlo.

Lo mismo sucede con el vals, con la balada. En el escenario, los matices grises de la melancolía se mezclaron con destellos de elegancia dorada y el rojo fuego de la pasión. Entre las armonías impecables de Joselo Osses y Macha, se sintió aquel espíritu de la bohemia, esa que camina por Subida Ecuador en Valparaíso con un vino dulce en la mano, respirando el aire de Villa Alemana.

A pesar de la magnitud del recinto, la dinámica fue lúdica, casi de cantina, con chistes que rompían la tensión del desamor. El concierto avanzó entre himnos como ‘Procuro olvidarte’, ‘Échame a mí la culpa’ y la potencia de ‘El gran tirano’. La interpretación de ‘Hoy tengo ganas de ti’ y ‘Loca’ preparó el terreno para la intimidad.

Con la llegada de ‘Amiga’ se levantó el relato tras la canción, esa pieza que Luis Gómez Escolar escribió tras la muerte de su esposa y que más tarde popularizaría un joven Miguél Bosé. Momentos después, la versatilidad de la banda se hizo presente con ‘Me vas a extrañar’ y ‘Y si no fuera’, demostrando que su propuesta no es nostalgia vacía ni un tributo inerte al pasado, sino una emoción vigente. Prueba de ello fue la reciente incorporación de ‘TURiSTA’ de Bad Bunny, pasada por el filtro del sentimiento popular y entendida como una actualización de esta vida marcada por el exceso emocional como forma de encender la cotidianeidad.

En el bando de los sufridos somos muchos, y la jornada fue un acto de justicia para la educación sentimental de un pueblo que aprendió a sanar cantando las penas. La precisión del sentimiento en la voz de Macha y en los instrumentos de la banda permitió que miles de gargantas se unieran en un solo lamento colectivo, transformando boleros, valses peruanos y baladas de radio AM en himnos de resistencia emocional.

La esperada aparición de Álvaro Henríquez marcó un punto de suma emoción. Con el frío colándose por las graderías y el calor humano de una multitud que se balanceaba por melancolía, el titular de Los Tres se sumó en ‘Solo tú’ para luego rendir honores a José José con interpretaciones desgarradoras de ‘El triste’ y ‘Lo que no fue no será’.

La colectividad fue el eje de la noche. Antes de entonar el clásico ‘Regresa’, con las luces del estadio alumbrando simbólicamente la Escotilla N°8, Asenjo lanzó una reflexión más que necesaria: “La solidaridad, el cantar juntos nos hace sanar, nos hace recuperarnos, y ser más fuertes”. En un país desposeído, marcado por el arrebato y un futuro que parece tenebroso, la pregunta surge inevitable: ¿qué es lo que nos queda? Cuando se ha perdido tanto, el Bloque nos recuerda que nos queda la pasión, y sobre todo, la pasión conjunta. Desangrarse en las gradas del Nacional tuvo el mismo peso que hacerlo en una cantina del puerto: nadie está solo con su tristeza.

Así, el desfile de invitados continuó con la voz espesa y profunda de Julieta Laso en ‘Cada domingo a las 12’, quien luego junto a Santaferia hizo estallar el recinto con ‘Que me quemen tus ojos’ y el homenaje a Zalo Reyes en ‘Una lágrima y un recuerdo’.

Tras los matices de ‘Sabor a mí’ y la colaboración con Aerstame en ‘Aunque no sea conmigo’, llegó otro hito: Manu Chao. El francés-español, a estas alturas latinoamericano honorario, se sumó para cantar ‘La despedida’, canción de Clandestino.

El cierre, acompañado por el Cuarteto Austral, trajo la elegancia de ‘La nave del olvido’ y versiones potentes de ‘Resaca sudaca’ y ‘Vergüenza ajena’, canción que el coloso de Ñuñoa presenció en clave similar de la mano de Los Jaivas hace tan solo dos semanas. No es poca cosa que, en tan poco tiempo, dos agrupaciones chilenas logren llenar un Estadio Nacional emocionado, sobre todo en un Chile donde retumba la falacia de que el país se viene abajo.

Tras un pequeño descanso, y una gran ola del público guiada por Joselo Osses, la dinámica lúdica del Bloque —tirando chistes y haciendo reír al público— retornó para el encore. Así, el círculo se cerró con la misma poesía del inicio: desde Silvio Rodríguez con ‘Óleo de una mujer con sombrero’ hasta la descarga de ‘Apaga la tele’.

Al final, con las notas de ‘Las simples cosas’ flotando en el aire, quedó la certeza de que la música es, ante todo, un lugar de encuentro. Incluso en los dolores y las pérdidas, hay emociones que nos unen y apelan a una transversalidad absoluta. Esta noche, bajo una misma luna, lloramos, cantamos y gritamos para recordarnos que, ante la incertidumbre y el desposeimiento, la compañía es nuestra mayor fortaleza.

Antonia Hernández

Escritora aficionada, fanática de las películas de terror y la música triste

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