Escrito por Teresa Leiva
Fotos por Sofía Figueroa
El pasado jueves, Fco. Chandia se presentó en La Batuta, uno de los escenarios más emblemáticos de Santiago. Entregó, más que nada, conexión y un sentimiento de pertenencia. En una presentación marcada por la amistad, el artista demostró que para él lo más importante es convertir el arte y la tarima en un espacio compartido.

Para Francisco Chandia, crear comunidad es importante. Lo dicen canciones como su próximo estreno “Este es mi barrio”, y el hecho de convertir su show en una especie de puerta giratoria, donde la línea entre los oyentes y los artistas se desdibuja.
Integró las colaboraciones de manera orgánica en el relato del show, que era una especie de viaje por su trayectoria, para cerrar ciclos y dar paso a los cambios. En “Solicitudes”, la entrada de Martín Berríos modificó la atmósfera: su voz particular, casi hablada y suave, se contrapuso con la potencia vocal de Chandía. El contraste no generó fricción, sino equilibrio.

Más adelante, acompañado de luces azules y maracas, Berrios volvió al escenario en “Nube negra”. Mientras afinaba la guitarra, Francisco compartió que, con la perspectiva que el tiempo le ha dado, ahora cree entender que esa canción fue escrita para decirle a su papá lo que estaba pasando en su momento.
Lejos de una ejecución rígida, desde los primeros minutos quedó claro que las canciones no estaban pensadas para ser reproducidas de forma idéntica, sino habitadas. Un ejemplo de ello fue “Buscando a Orión”, tema que apareció resignificado cuando Francisco se sentó en la batería, mientras Xalú, su percusionista, y dueño también de su propio proyecto musical, asumió la voz. Gestos que, a mi parecer, tienen una intención más pensada que la sorpresa escénica. La relectura que el paso de tiempo le ha dado a sus propias canciones le permite escucharlas desde distintas energías y con nuevos pulsos.

Claro que también el desorden tuvo su merecido espacio. La energía de Fufibunni aportó a ello al interpretar “You know i am no good”. A mi parecer, ese cover rockero le hizo justicia a la irreverencia de Amy. El bajista saltaba en un pie recordando que el cuerpo y el desplante son parte escenial de la conexión del expectador y la música.
Casi al finalizar el show, Fco. Chandia interpeló a sus amigos para que subieran al escenario: “Tomen asiento, agarren una percusión, agarren un traguito”, dijo antes de interpretar “Lado oscuro”. En ese instante, la división entre escenario y audiencia se diluyó por completo. Banda y público parecían compartir un mismo territorio, como si la tarima fuera un espacio común más que un lugar elevado.

Hubo canciones que funcionaron como rituales compartidos, como “Buzzeta”, acompañada por palmas sincronizadas que unificaron al público. En medio de ese recorrido, Francisco cantó la primera canción que compuso en su vida, en el 2019: “Amor Abstracto”. Una pieza de amor que recuerda la solidez y universalidad de la temática. Estoy segura de que le llegó a todos los oyentes, incluso a los padres y amigos de los padres de los músicos. Entre la familia, los primos y personas de diversas edades se pudo reconocer esa fórmula que nunca muere.
El cierre llegó con “Vente conmigo”. Fue una interpretación catartica. La canción se desplegó como un ejercicio casi infantil en su lógica: ese estado mental en que no hay razones claras ni explicaciones, solo un deseo persistente que no se puede sacar de la cabeza. Fco. Chandia se entregó por completo, y con él, el público, cerrando una noche marcada por la honestidad.
Fco. Chandia no solo tocó para quienes estaban ahí; tocó con ellos, reafirmando que la música en vivo, cuando es honesta, no necesita imponerse para permanecer.

