Cine

We are Fugazi from Washington D.C.: «La urgencia de hacer las cosas tu mismo»

Escrito por Juan Manuel Hernández

A principios de los años 80, Washington D.C. era una ciudad partida en dos. Por un lado, la capital impecable, llena de diplomáticos, funcionarios y oficinas federales. Por el otro, una ciudad con fuertes tensiones raciales, desigualdad, barrios precarizados y muy pocos espacios para jóvenes. Ese contraste fue el caldo de cultivo perfecto para que surgiera una de las escenas punk y hardcore más influyentes de Estados Unidos.

A diferencia de ciudades como Nueva York o Los Ángeles, donde el punk ya tenía cierta presencia mediática, lo que pasó en Washington fue mucho más radical y doméstico. Era un movimiento de adolescentes sin acceso a clubes, sin prensa especializada y sin dinero. Por eso, la única forma de existir fue hacerlo todo ellos mismos. Ahí apareció el DIY como necesidad y filosofía: los flyers hechos a mano, los conciertos en iglesias o centros comunitarios, los discos grabados con recursos mínimos y distribuidos por correo.

De esa misma ética surgió el D.C. hardcore, una versión del punk más rápida, más directa y más politizada. Bandas como Bad Brains, Minor Threat, State of Alert, Youth Brigade, Scream o Void no solo marcaron el sonido: marcaron una forma de comportarse. No había glamour, no había estrellas, no había figuras intocables. El público y las bandas compartían el mismo espacio, la misma rabia y la misma necesidad de decir algo.

De ahí, ya a finales de los 80, surgiría Fugazi, que tomó todo ese legado —la ética DIY, la disciplina, el compromiso político, el sentido comunitario— y lo llevó a una versión más madura y consciente sin perder la crudeza de sus raíces.

En ese entorno nació Dischord Records, el sello fundado por Ian MacKaye y Jeff Nelson que se transformó en la columna vertebral de la escena. Dischord no solo editaba discos; definía una ética: precios accesibles, transparencia total, rechazo a contratos abusivos y un compromiso con la comunidad local antes que con la industria.

El documental dirigido por Joe Gross, Joseph Pattisall y Jeff Krulik intenta capturar exactamente eso: la forma en que Fugazi se relacionaba con su gente. Y lo hace de la única manera que tenía sentido: usando grabaciones caseras, videos temblorosos, audios saturados y todas esas imágenes que, lejos de verse “deficientes”, terminan siendo la columna vertebral de la cinta. Porque Fugazi no se entiende desde un plano limpio o desde una entrevista iluminada; Fugazi se entiende desde el sudor y desde el público prácticamente respirándoles en la cara.

Esta decisión narrativa es más profunda de lo que parece. En esencia, el documental plantea que Fugazi no existe sin su público, y que la escena de Washington D.C. fue una red sostenida por voluntades colectivas. La cantidad reducida de testimonios funciona en favor de esta tesis: no se trata de qué dijo cada miembro de la banda, sino de qué significó Fugazi como fenómeno cultural.

La cinta también subraya la autoconsciencia de la banda. Fugazi sabía exactamente dónde estaban parados. Sabían que cada concierto podía convertirse en una experiencia transformadora, pero también en un espacio peligroso si no se establecían límites claros. Por eso es tan común verlos interrumpir canciones para detener una pelea o pedir respeto mutuo en medio del moshpit. Esta actitud no era paternalista, sino profundamente ética: la música debía unir, no destruir. Y esa visión, tan simple como radical, marcó a generaciones enteras.

Washington, la ciudad que cargaba con la rigidez del poder, encontró en el hardcore una válvula de escape, un espacio donde jóvenes marginados, suburbanos, hijos de clase trabajadora y también estudiantes universitarios podían coincidir sin jerarquías. Fugazi tomó esa herencia y la expandió hacia una dimensión más humana y reflexiva.

Lo suyo no fue solo música; fue un ejercicio de coherencia que aún hoy resuena como un recordatorio: hay formas de hacer las cosas que no requieren transar con el sistema.

Al final, lo que deja el documental no es una postal bonita ni una oda a “lo que fue”, sino la sensación de que Fugazi operaba con honestidad. No habían discursos diseñados, ni una búsqueda de legado. Solo una banda tocando para gente que realmente quería estar ahí, sosteniendo una escena que se construyó sin pedir permiso. En ese cruce —entre lo precario, lo urgente y lo absolutamente genuino— es donde la película encuentra su fuerza.

Y quizás por eso funciona tan bien: porque no intenta mitificar a Fugazi, sino recordarnos cómo se siente estar frente a un grupo que nunca necesitó disfrazarse para ser importante.

Juan Manuel Hernández

Comunicador audiovisual e intento de cinéfilo

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