Escrito por: Juan Manuel Hernández
Edgar Wright regresa a la gran pantalla con su proyecto más ambicioso hasta la fecha The Running Man, retomando la novela El fugitivo de Stephen King —publicada bajo el seudónimo Richard Bachman— y reinterpretando una historia que ya tuvo una adaptación icónica en los años 80. Esta vez, Wright se aleja de la comedia eléctrica que lo caracteriza en Scott Pilgrim, Hot Fuzz o Shaun of the Dead, para sumergirse en un thriller distópico que mezcla espectáculo, crítica mediática y violencia institucionalizada.
La película sigue a Ben Richards – Interpretado por Glenn Powell, un hombre derrotado por un sistema que controla cada aspecto de la vida cotidiana. En Co-Op City, una cadena de medios autoritaria domina el flujo de información y moldea la percepción pública. Richards, marcado por su activismo laboral y puesto en lista negra, pierde su empleo, posterior a esto, su hija atraviesa una enfermedad grave, empujándolo a aceptar un último recurso: someterse a las pruebas del canal para ingresar a The Running Man, el programa más violento y popular del país.
El show plantea un desafío brutal: sobrevivir 30 días siendo perseguido por cazadores profesionales a través de toda la ciudad. La premisa se vuelve aún más perturbadora cuando el público participa activamente como delator, reportando avistamientos de los concursantes y convirtiéndose, sin cuestionarlo, en un brazo auxiliar del poder mediático.

En contraste con la vulnerabilidad de Richards, Josh Brolin encarna a uno de los personajes más detestables de la película: Dan Killian, el dueño de la cadena televisiva, un hombre que entiende el dolor ajeno no como tragedia, sino como insumo televisivo. Brolin compone un antagonista que no necesita exagerar para resultar inquietante; su calma calculada, su sonrisa de productor satisfecho y la frialdad con la que manipula al público lo convierten en la encarnación perfecta del poder mediático sin escrúpulos. No es un villano grandilocuente, sino uno que opera con una familiaridad perturbadora, como si la crueldad fuera parte del trabajo.
Wright aprovecha este escenario para burlarse con dureza de la televisión estadounidense, parodiando formatos como The Kardashians y evidenciando cómo la cultura del espectáculo trivializa la violencia, erotiza la desigualdad y vuelve el sufrimiento un producto vendible.
Curiosamente, esta es la película donde menos se siente el sello visual habitual de Edgar Wright. Su humor, su timing cómico, su energía pop: todo se encuentra reducido en favor de un producto más orientado al blockbuster. Sin embargo, su mano sigue presente en lo que siempre lo ha distinguido, el ritmo frenético, y la precisión en la transición de escenas recuerdan que, aunque más contenido, sigue siendo Wright detrás de la cámara.

A medida que avanza el juego, Richards deja de ser un simple participante y se transforma en un símbolo involuntario de rebelión y libertad, alguien que enfrenta no solo a los cazadores que lo persiguen, sino también al aparato mediático que busca convertirlo en espectáculo. Su resistencia inspira, incomoda y, sobre todo, revela la fragilidad de un sistema que depende del miedo para mantenerse en pie.
The Running Man sugiere que el verdadero peligro no está en los cazadores que persiguen a Richards, sino en la naturalidad con la que una sociedad convierte la violencia en rutina. Wright no subraya nada, pero insinúa que el verdadero conflicto no está en la cacería, sino en la disposición colectiva a celebrarla.
La película ya se encuentra disponible en cines vía Andes Films.
