Escrito por Rocío Villalón Celis
Fotos por Bárbara Hernández
Definitivamente Divididos es un torbellino y su presentación en el Teatro Coliseo es una prueba de aquello. En donde el público rugía en cada nota y acorde. Verlos en vivo es una experiencia que trasciende épocas: es un recordatorio de por qué el rock argentino tiene una esencia tan visceral.

La noche empezó con una potencia que anunciaba la llegada del grupo: “Haciendo cosas raras”, “Casi estatua”, “Tanto anteojo”, “Cuadros colgados”. Canciones que se sienten como recuerdos de los 90s y 2000, pero que en manos de la banda estallan en el presente.
Ricardo Mollo, el vocalista, entra con esa fuerza que no necesita exageraciones: su voz, cargada de ritmo y emoción, hace que cada verso sea enorme. Su guitarra, es en momentos delicada y por otros monstruosa, se convierte en una extensión de su garganta, de su carácter, de su corazón.
Además, el bajo de la banda no es solo un acompañamiento: es una columna vertebral. Cada nota parece surgir de un lugar más profundo que la la interpretación o la misma habilidad; suena a memoria, a paisaje, a tierra argentina.

Lo acústico no quedó atrás, el clima cambió sin perder intensidad con “El arriero”, “Nene de antes”, “Dame un limón” y “El burrito”. La banda trasandina sabe que el rock no es solo distorsión: también es raíz, es nostalgia, es ese rincón íntimo donde la música se hace refugio y que encanta a todos los presentes.
En Latinoamérica, donde conviven lo pasado y lo nuevo, la banda opera como un puente entre mundos, demostrando que la tradición puede convivir con la electricidad sin perder pureza.
Volviendo a la potencia, el set avanza como un huracán: “Sábado”, “Tengo”, “Crua Chan”, “Paraguay” y “El ojo blindado”. Y ahí sucede algo emocionante, Divididos logra hacer que cientos de personas se unan en y se entrelacen en un mismo ADN, de un rock que corre por las venas.

La energía es tan grande que por momentos pareciera que el escenario no alcanza para contenerla y “Spaghetti del Rock” fue uno de los puntos más catárticos de la noche.
Divididos tiene un poder que trasciende, su música tiene esa capacidad de unir generaciones y lugares totalmente distintos.
Para el rock argentino, Divididos es una parte de la espina contemporánea, son los herederos de una larga historia que se sigue construyendo. Para el rock latinoamericano en general, son una luz que guía a los nuevos barcos en el puerto.

Para el final, con “Ala Delta”, “El 38” y “Nextweek” (cover de Sumo interpretado con la intensidad de un rayo), lo sabes, Divididos es la antítesis de lo que ocurre en sus conciertos, es una voz, un sentimiento y una familia, todo en un mismo lugar al mismo tiempo.
