Por Amparo Narbona Pérez
Resulta curioso cómo es que al ser humano le interesa ver historias de sufrimiento. No solo muchos de los grandes genios en materia artística, musical o científica tuvieron vidas difíciles, pero en la vida real pareciera ser que activamente las personas buscan consumir ese tipo de contenido. Es poco probable que alguien genuinamente busque ver una película donde al protagonista le sale todo bien constantemente. Y gran parte de este fenómeno se puede deber a que la vida está llena de altibajos, y todas las personas, independiente de su estatus o condición, viven, en mayor o menor medida, situaciones desafiantes.
Es por esto por lo que películas sobre alguien que desea o envidia la vida ajena resultan tan interesantes, porque reflejan sentimientos muy naturales en el ser humano. Y es que ¿quién no conoce el refrán “el pasto del vecino es más verde”?
A raíz de este panorama, nos topamos con “Good fortune”, la nueva película escrita y dirigida por Aziz Ansari, y protagonizada por él mismo, Seth Rogen y Keanu Reeves.
La historia sigue a 3 personajes: por un lado, tenemos a Arj, un hombre a quien le ha tocado difícil la vida en términos de conseguir o mantener trabajo o vivienda; por otro, está Jeff, un inversor tecnológico que tiene la vida resuelta; y finalmente, tenemos a Gabriel, un ángel (sí, un ángel) que previene accidentes automovilísticos, pero que siente que necesita cumplir un propósito más grande. Las vidas de estos tres se terminarán entrecruzando, dando como resultado momentos verdaderamente hilarantes.
Las películas sobre intercambios de vida no son nada nuevo en Hollywood. Se ha experimentado con esta particular “temática” de diversas formas, pero generalmente en formato cómico (quizá como un intento de quitar el estrés de encontrarse en una situación de vida miserable o no deseado, o simplemente porque los contrastes entre 2 o más personas resultan muy llamativos). Sin ir más lejos, tenemos el caso de “Freaky friday” de 2003, y en menor medida su reciente secuela “Freakier friday”, las cual, además de hacer reír por las situaciones incómodas y directamente alocadas que terminaban ocurriendo, terminaban por dejar una lección tanto de empatía para con el/la otro/a, como mostrar que, en efecto, todos tenemos dificultades, y que ninguna vida es realmente perfecta.
“Good fortune” tiene bastante de eso, por lo que su gracia, lejos de inventar la rueda, está en hacer que esta premisa tantas veces vista se sienta, no solo refrescante hoy en día, sino incluso relevante en cierta forma, con comentarios sobre cómo vive el ser humano en el siglo XXI, el consumismo abismal e incluso la inteligencia artificial.

Personajes y actores maravillosos
Si bien la película no cuenta con un guión a la “Citizen Kane”, algo que logra hacer muy bien es el tratamiento de los personajes y que estos se nos hagan entrañables. La presentación de los protagonistas, sobre todo de Gabriel, se hace de manera eficiente, dejándonos claro en poco tiempo qué es lo que hacen, sus preocupaciones y motivaciones, sin necesidad de recurrir a diálogo expositivo como “Este es Arj, él vive en una gran ciudad y trabaja en diversos oficios”
Algo que también ayuda a que nos caigan bien los personajes son los actores. Los tres básicamente se interpretan a sí mismos, pero su personalidad encaja con la historia y los protagonistas; Keanu Reeves con su presencia afable y casi inocentona le da este toque angelical a Gabriel; por su parte, pareciera ser que desde que cortó lazos con James Franco, Seth Rogen ha estado tomando decisiones artísticas más interesantes en su carrera (véase su trabajo en “The Fabelmans” de Steven Spielberg o, por supuesto, en la reciente “The studio” en Apple TV).
Quizá el que menos destaque sea Aziz Ansari, lo cual es curioso ya que él escribió y dirigió la cinta, uno pensaría para lucirse, pero tampoco desentona.

Un tercer acto irregular
Es en la tercera parte de la película donde se empiezan a notar los problemas. Para empezar, el ritmo se estanca un poco (por lo que hace un poco aburrida) y algunas de las reglas establecidas anteriormente en el guión se contradicen para conveniencia de la trama. Además, el diálogo, si bien antes no era demasiado sofisticado, por lo menos dejaba que el espectador se diera cuenta de las cosas él mismo, sin que constantemente le digan “Oh, este personaje hizo tal cosa”, cosa que se repite bastante en la recta final, y llega a ser cansador.
En cualquier otra película sería normal ser más exigente con respecto a estos factores, pero como esta cinta no tiene demasiadas pretensiones ni busca ser muy compleja, terminan siendo minucias que tampoco perjudican demasiado la experiencia.
Al final, estamos ante una película sencilla, una propuesta divertida para reírse mucho, pasar un buen rato, alejarse de tanta franquicia que abunda las carteleras y olvidar los problemas de la vida un momento.
