Escrito por Felipe León
A Betty Davis le dieron la espalda, pese a que sus tres álbumes lanzados en la década de los 70’s son hoy en día considerados clásicos del funk. En parte por la disposición más sexual que llevaba a cabo, tanto en sus líricas como en sus desatadas presentaciones en vivo, lo que le valió más de alguna polémica en la época, y un posterior despido por parte de la discográfica Island Records.
Sin embargo, más allá del anonimato con que viviría el resto de su vida, la música permaneció presente en la memoria de muchas personas que crecieron con sus canciones. Que vieron en su álbum homónimo de 1973, un estilo único de llevar el groove por terrenos más hedonistas, sueltos, y hasta depravados, siendo en parte un ejemplo del eterno conflicto de la industria con artistas descaradamente sexuales, sobre todo mujeres.
Una puja sobre libertades que hoy puede parecer una burla, aunque no esté del todo superada. Para esos años la censura era mayor, desafiada por una cantante en la plenitud de su gracia, como reivindicación de sus talentos por sobre cualquier cosa. Plantarle cara a la selectiva moral conservadora, a través de un apasionante registro que pone énfasis en lo rítmico y vibrante del funk.
La irresistible capacidad de hacer mover audiencias, enfocándose en la provocación como consecuencia de un deseo por explorar su propia libertad. Betty Davis despertando la atención de quienes vieron en ella una referente musical, al son de canciones contagiosas como «Steppin In Her I. Miller Shoes», «Walkin Up the Road», «You Won’t See Me In the Morning», «Game Is My Middle Name» o «Anti Love Song».
