El director, guionista y productor estadounidense Paul Thomas Anderson comentó hace poco cómo One Battle After Another llegó a realizarse, tras años de planes y promesas, gracias al azaroso encuentro con la actriz Chase Infiniti, su protagonista. “Dar con ella fue uno de los golpes de suerte más afortunados que he tenido en el cine”, aseguró. Pero la debutante no fue el único astro en alinearse para que la nueva entrega del director llegara a la gran pantalla.
Con un presupuesto cercano a los 150 millones de dólares, One Battle After Another no sólo es el proyecto más ambicioso de Anderson, sino también el más costoso de toda su filmografía. Esa cifra desmesurada —inusual para un autor acostumbrado a presupuestos medianos y a recaudar aún menos— lo coloca por primera vez en el terreno del verdadero “blockbuster”. Con una historia de gran magnitud y nombres como Leonardo DiCaprio y Sean Penn, lejos de rendirse al espectáculo vacío, el autor expande finalmente sus obsesiones.
El filme se erige como un neo-western tenso, entre el thriller, la comedia y la acción. Adaptado libremente de Vineland de Thomas Pynchon, nos transporta a un Estados Unidos presente y decadente, paranoico en sus contradicciones y defectos. En un país que se enfrenta a su propio espejo, tensiones migratorias, polarización política y decadencia moral de las fuerzas militares aparecen como heridas abiertas que atraviesan la trama.
A diferencia de otras obras en su filmografía, la película comienza en una actualidad corrompida y nos arrastra luego a un futuro inescapable, no tan lejano de la crisis contemporánea de lo real. En ese desplazamiento temporal late una reflexión sobre la memoria: lo que olvidamos siempre regresa como sombra que exige ser enfrentada.
Aunque el filme habita el presente, la nostalgia andersoniana se expresa a través de otros medios. La vieja escuela de filmación adquiere relevancia más allá del ejercicio de memoria; entre referencias y tributos, One Battle After Another enriquece la narración y su propio formato como si el cine pudiera resistir al borrado de la historia. El propio director ahondó en aquellos filmes que marcan su sombra sobre el nuevo estreno, desde el pulso político de The Battle of Algiers (1966), a la tensión urbana y secuencias de acción de William Friedkin, pasando por las travesías y hazañas del mítico John Ford.

Entre revolución y exilio
Entre metralletas, dinamitas y banderas, la historia sigue a los French 75, un grupo armado de revolucionarios que operan con violencia. Dos miembros, Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) y “Ghetto” Pat Calhoun (DiCaprio) construyen un romance volátil, arrastrados por la adrenalina y encuentros fugaces junto a explosivos a punto de estallar.
Tras el embarazo de Perfidia, no hace falta un salto temporal —ese vendrá después— para que ambos personajes pierdan la llama de la revolución. La vemos rendirse ante la vastedad de un sistema opresivo con ojos dudosos pero con la misma resolución desesperada con que minutos antes disparaba. Fracasada como madre y como revolucionaria, su ímpetu destructivo explota dejando esquirlas —y heridas— en quienes la rodean. Con la caída de sus compañeros sobreviene la huida de su pareja y de su hija hacia la ciudad remota de Baktan Cross.
Pat, convertido en Bob Ferguson, es la figura de ese fracaso colectivo trasladado a la intimidad. Desmoronado en el anonimato tras dieciséis años que para el espectador son apenas un segundo, vive en una paranoia distante que roza lo cómico. Su desgaste, acentuado por alcohol y drogas, lo encierra en una rutina donde lo único constante es proteger a Willa (Chase Infiniti), su hija. Allí se cifra el corazón de la película: la misma relación padre-hija que Anderson rescata como eje central de la novela, y un lazo que vibra con la sombra de su propia experiencia como padre de cuatro hijos.
Cuando el pasado regresa a tocar la puerta —o más bien a derribarla con un ariete militar—, Bob cae en una encrucijada, donde la sombra desvaneciente del ímpetu revolucionario se materializa en la desesperación por salvar a Willa, lo único que todavía importa.
El Coronel Steven J. Lockjaw, interpretado por un terrorífico Sean Penn que asegura nominaciones y premios, condensa las fuerzas estructurales del racismo institucional y la violencia estatal. Su poder se sostiene como un santo grial grotesco, sólo posible mediante destrucción. Responsable de la catástrofe que se desencadena en la ciudad santuario de Baktan Cross, su obsesión con Perfidia —y su curiosa relación con una agrupación de carácter neonazi— revelan más fragilidad que fortaleza. Sus gestos despiertan repulsión y fascinación, enmascarando una búsqueda desesperada de control sostenida en la mentira y en la militarización que arrasa con comunidades migrantes.
Así mismo, Benicio del Toro interpreta al sensei Sergio St. Carlos, instructor de karate y operador de un sistema clandestino de ayuda a inmigrantes en Baktan Kros. Su personaje, descrito como un «superhéroe de barrio», aporta una mezcla de humor y gravedad al filme, complementando perfectamente algunas de las escenas más memorables.

¿Sátira, acción, comedia y thriller?
Las secuencias de acción son atrapantes, algunas destinadas a ser recordadas como esenciales de la década —e incluso del siglo—, con una persecución automovilística que sacude hasta al más imperturbable y varios momentos de acción bajo techo entre los más entretenidos de los últimos años. El triunfo reside en mantener un ritmo constante durante las 2h50m que la historia ocupa en pantalla.
Aun así, y aunque la comedia prevalece, ¿se le puede llamar sátira aquello que imita tan fielmente la realidad? Varios lo han hecho, pero el absurdo actual vuelve la línea difusa y el humor de Anderson parece más un modo de enfrentar el mundo que un recurso de género.
Lo colectivo y lo íntimo se entremezclan incluso en los pasajes más frenéticos. El filme encuentra aires para lo personal y lo emotivo, allí donde la (des)esperanza respira y donde los personajes dejan entrever las motivaciones que los llevan a construir y destruir sus destinos, incluso en medio de las balas.
Lejos de diluirse en el artificio del gran presupuesto, One Battle After Another, ilustra que las batallas colectivas —la revolución, la nación, el poder, la política— terminan siempre filtrándose en lo privado, en la pequeña guerra de proteger el afecto frente a un mundo que lo amenaza. El Anderson con más recursos es también, de algún modo, el más personal. Y cuando una película de estas dimensiones pone en juego temas como la vigilancia, el autoritarismo, el racismo institucional y la extrema derecha, está haciendo una apuesta no sólo artística, sino política. Ciertamente, uno de los estrenos más sólidos del año.
Viva la Revolución!
