Escrito por Felipe León
Pese a su sostenida relevancia creativa de varios siglos, la música de cámara continúa maravillando al mundo con obras nuevas que desafían la vanguardia. Un nombre ad-hoc a tal afirmación es el de Philip Glass, que a través de sus óperas, bandas sonoras, y álbumes de estudio, ha construido una trayectoria para aplaudir, acercándose incluso a lo masivo con un disco crucial como ‘Glassworks‘ (1982).
En contraposición al éxito artístico que venía experimentando desde su ópera junto a Robert Wilson, ‘Einstein On The Beach‘ (1976), el compositor llevaba una vida austera sin poder dedicarse al 100% a crear. Aquello cambió con el éxito de este lanzamiento de seis movimientos, concebido como un intento por acercarse a lo popular, sin descuidar la esencia de su minimalismo.
Bucles repetitivos de hipnótica orquestación, salvaguardada bajo una intención polifónica que no evita la complejidad. Desde un lenguaje calmante y caótico, Philip Glass proyecta una visión constructiva de la música, posicionándola como una gran verdad que resuena entre los instrumentos de cuerda y viento, tocados por la siempre grata compañía de su ensamble.
Gracias a ‘Glassworks‘ pudo hacerse un lugar dentro del clasicismo musical, a la vez que llevó el corazón de ésta a una mayor audiencia, con piezas como el «Opening» y «Closing», o bien, «Floe» y «Facades». De ahí en adelante vendrían otras muestras meritorias de su propuesta como los soundtrack de ‘Koyaanisqatsi’ (1983), ‘Mishima‘ (1985), o su ‘Solo Piano‘ (1989), entre muchas otras.
