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Eddington, de Ari Aster: Dos infiernos en uno

Uno de los más grandes del terror contemporáneo, Ari Aster, vuelve a la carga con la película que, para bien o para mal (spoiler: para bien), mueve la aguja de su filmografía lejos del terror: Eddington. Un thriller político ambientado en un pueblo ficticio homónimo al título de la película (se asume, según críticos estadounidenses, que en algún lugar de Nashville). La película es una radiografía a aquellos meses seminales de Estados Unidos en los que se forjó la retórica política divisiva en la que siguen atrapados hasta el día de hoy. A punta de las mejores herramientas, Aster cruza con un ingenio impecable los infiernos personales con los políticos.

La gran gracia de la trama de Eddington es que se sitúa temporalmente en el 2020. Esto quiere decir, como bien sabemos; tiempos de cuarentena y progresiva división social que empezó en Estados Unidos para luego repercutir al resto del mundo a través de distintas mutaciones de los postulados políticos, ya fueran progresistas o reaccionarios. Desde esta óptica, así como existe la ciencia ficción cortoplacista, Eddington se perfila como una suerte de filme de época cortoplacista. Hay muchas referencias pequeñas que sí es cierto que a veces pueden limitarse tan solo a ser una fuente de activación neuronal para el público adulto que, naturalmente, recuerda la pandemia, en otros casos se tratan de detalles esenciales para contar una historia que no funcionaría en ningún otro momento de la historia de Estados Unidos, ni de la humanidad.

Retóricas, dialécticas, argumentos, discursos, desplantes, ritmos, frases pre armadas, demandas y varios pormenores prácticos que no se volvieron a repetir en su estado seminal nunca más forman parte de una filosofía generacional en la que el mundo se sumió y ahora se dispone para que estos personajes habiten y luchen entre ellos.

 

La trama sigue, esencialmente, a Joe Cross, el personaje de Joaquin Phoenix, sheriff del pueblo ficticio de Eddington, que tras cierto despertar político -institucional- que no viene al caso especificarlo en este texto, decide postularse a alcalde de Eddington, enfrentándose electoralmente a Ted García (Pedro Pascal), un político progresista y apacible que va por la reelección a la alcaldía del pueblo.

Cuando se denomina al filme como un “thriller político” es porque, fuera de la taxonomía terminológica del género, literalmente es eso: hay thriller y hay política. Con la violencia de lo uno y la saña de lo otro. No es que, como el agua y el aceite, el guión divida sus caminos para juntar sin mezclar los elementos del género en una sola historia. Más bien van de la mano; se cruzan, se mezclan, se enfrentan. La política se desempeña en los contextos más violentos y fuera del marco institucional convencional que conocemos y consideramos tradicional. Y eso hablando solo de la primera mitad de la película. Eddington, el pueblo, es un campo de batalla y a la vez el huerto de otro campo de batalla adicional: el virtual. Y eso nos lleva a un punto aparte a revisar a continuación.

Eddington película revisa como ninguna otra película la dimensión del internet y la vida a través de las cámaras. No es solo un tema de que los personajes filmen con el teléfono en cámara (eso sería demasiado obvio), es un tema de cómo está filmado. Hay una magia en la forma de poner la cámara que tiene Aster con la que sale ganando el 100% de las veces. Aún siendo verdad que gente como Jane Schoenbrun había encontrado formas de filmar el internet con gran éxito, esto era más bien desde el eje de la conexión parasocial con la plataforma. Es una animalidad distinta a la que emplea Aster, que nos pone de cara a nuestra dependencia de las redes sociales, no tanto por el mero hecho de usarlas, sino más bien por la costumbre en la dimensión política de crear realidades alternativas en las que opera una especie de meta realidad.

Si a esto agregamos la violencia a punta de armas de fuego que se construye hacia la segunda mitad, nos da un paralelismo con esa gran película que es Cidade De Deus (2002), en la que también está este juego con la palabra en inglés “shoot”; algunos disparan con armas, otros con cámaras. La letalidad puede ser la misma. Si queda algo de terror real en el cuerpo de trabajo de Aster es ese, aunque los críticos no quieran verlo.

 

Las reacciones al filme y su discurso

Vaya a saber uno el porqué, pero los críticos chilenos no se han atrevido a revisar los postulados políticos de la película. Y que se entienda enfáticamente: los críticos, que hasta ahora han sido los únicos que han tenido la oportunidad de verla, ya sea en funciones de prensa o similares. De hecho, parecen bastante entusiasmados en desplazar sus responsabilidades al resto de la audiencia con su típica frase “dará mucho de que hablar”. Perdón, pero Eddington ya se estrenó hace rato en el país del que teje su propio discurso y nunca levantó demasiada tierra. Más discusiones levantó entre los nerds de Cannes, que por supuesto que no les interesa tanto la política como si los aciertos o fallos formales de Aster que no pueden evitar poner en comparación con los resultados de Hereditary y Midsommar. Lo mismo que los críticos nacionales.

Para bien o para mal, las reacciones más vocales al postulado de la película no son las que entran a discutirlo, sino las que derechamente tienen un problema con la mera existencia de este. Se ha hablado reiteradamente de la condición “problemática” o “irresponsable” de una película que aborda tal génesis de la polarización política estadounidense en la que el país sigue sumido hasta el día de hoy, supuestamente sin hacerse cargo explícitamente de señalar algún culpable. Como si esta película fuese algún tipo de sátira del estilo de alguien como Adam McKay, cuando en realidad es todo lo contrario. Hay un objeto de burla claro, que es el personaje de Phoenix, y la película ni siquiera hace demasiados esfuerzos por esconderlo. Cuesta un poco entender de dónde vienen estas aproximaciones que señalan ambigüedad moral cuando la película es tan explícita y directa.

La película trata sobre los límites de la paranoia y hasta dónde se puede estirar. Tanto en términos personales, como políticos, como sociales. El tratamiento político y social de la crisis del coronavirus trajo toda una serie de maneras de interpretar el mundo y la realidad. La gente, como nunca, tomó por sus manos sus convicciones, las entrelazó y las defendió. Rompió lazos, construyó otros, se abrieron preguntas, se cerraron otras. Finalmente, hubo quienes terminaron ganando argumentalmente y se puede decir que el progresismo obtuvo una victoria tanto política como cultural. Prueba de eso es que existan películas como Eddington, que puedan burlarse abiertamente de la paranoia pro-Trump y anti-vacuna. Pequeño problema: la película está inserta en este contexto de la firma de Aster y las  producciones de A24 que ha cultivado una audiencia más asidua a cierto terror que, por muy “elevado” que sea, inevitablemente se ha encajado en una fórmula. Y los temas suelen orbitar más cerca de los traumas humanos que de los políticos y sociales. Es una película que seguramente ni siquiera buscaba desequilibrar a la audiencia más de lo que lo haría un capítulo de South Park, por ejemplo. Pero bueno, ahí están la reacciones.

Por cierto, esa audiencia fanática del nuevo canon de cineastas de terror que se enojó porque Weapons (2025) “no se trataba de nada”, quizá le debe una disculpa a Eddington.

Eddington se estrenará en Chile el próximo jueves 11 de septiembre vía Andes Films

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