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AKRIILA en Teatro Caupolicán: Siempre hay más victorias

Escrito por Antonia Hernández
Fotos por Andie Borie

AKRIILA ha sabido erigir su voz como una de las más singulares y potentes de la música actual. Con Epistolares —y luego Epistolares+—, la cantante construyó un manifiesto íntimo de sinceridad digital, y a la vez, levantó un espejo generacional único. Su concierto en el Teatro Caupolicán, el pasado 29 de agosto, se sintió así como un ritual eléctrico, un peldaño significativo dentro de una carrera en pleno ascenso, que llega a confirmar el importante lugar de la artista dentro de la escena.

El espectáculo comenzó con “+ QUE AYER”, un relámpago que partió la sala en dos y encendió de inmediato los gritos de un público ansioso. En el centro, una estructura metálica de dos pisos funcionó como punto de tensión: Akriila, dueña del espacio, bajó y subió escaleras micrófono en mano todo el show, apropiándose del escenario e intensificando la energía vibrante que sacudió los cimientos del teatro.

En torno a esa arquitectura metálica, las pantallas desplegaban visualizers que dialogaban con cada canción: fragmentos de internet y destellos de hiperrealidad que ya son marca personal de AKRIILA. El pelo rojo, las dimensiones digitales y la estética curada se han convertido en parte esencial del proyecto, un entramado visual que logró extender al escenario el mismo universo estético que habita en su música.

El setlist navegó por distintos estados emocionales y sonoros, comenzando con el impulso de “DEBUT” y “PARANORMAL”, hasta el frenesí ruidoso de “NANA フリーク版”, donde el salto y el desborde convirtieron al público en un mar en movimiento. La primera invitada de varios fue Taichu, quien apareció en “POPPER!”, sumando eclecticismo y complicidad. Más tarde, canciones como “NUNCA ES LO MISMO y.y” y “TU M KIERES” mantuvieron la euforia colectiva.

De esta forma, la lista de colaboraciones construyó un tejido musical fundamental para la jornada: Kidd Voodoo se sumó en “Arreglo Floral”, Harry Nach en “Xeraton, Easykid en “Whyme?”, y FaceBrooklyn en “Epitafio”, en lo que fue una de las visitas destacadas de la noche, honesta y ecléctica en partes iguales. Estas apariciones no fueron incidentales, sino piezas de un mismo pulso: la demostración de una escena urbana que florece en comunidad, alimentada por la cercanía y la confianza.

Pero, entre tanta electricidad, hubo también claros momentos de ternura. En “Carta a mi papá”, Akriila invitó a su propio padre al teclado, regalando una de las instancias más íntimas y emotivas del show. Más tarde, la cantante sorprendió reproduciendo “La Carta” de Violeta Parra, en una especie de encore que selló esa sensibilidad, mostrando que su búsqueda artística no teme dialogar con las raíces más profundas de la canción chilena.

La interacción con el público fue constante, y quizá el hilo conductor más sencillo y esencial de la noche: risas, confesiones, regalos unboxing de Labubu incluido—, y un entusiasmo que se contagió hasta convertir el concierto en fiesta compartida. Canciones como “Mucho, Poquito, Nada” y “Superficial” funcionan ya como himnos generacionales, coros multitudinarios que entrelazan a artista y audiencia, permitiendo a la soledad encontrar compañía.

El cierre llegó con “Teoría del Tiempo” y “Para Siempre” en un gesto que miró hacia atrás con gratitud y hacia adelante con promesa. Tal como la misma cantante señaló, este concierto marcó, de cierta forma, el fin de la era Epistolares; pero más que un cierre definitivo, se sintió como una apertura, un portal luminoso hacia nuevos caminos y futuros posibles.

Al final el día, en el Caupolicán, AKRIILA no solo reafirmó su presente: también anunció que lo mejor de su historia aún está por escribirse.

Antonia Hernández

Escritora aficionada, fanática de las películas de terror y la música triste

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