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Los Tres en Movistar Arena: “Me voy de viaje por el infierno”

En poco más de dos horas, que tuvieron como principal atracción el repaso a “La Espada y la Pared” (1995) —el álbum que los catapultó a la fama regional— Los Tres demostraron que hay energía de sobra en los cuerpos de Álvaro, Ángel, Titae y Pancho y que, aunque las sillas lo tuvieran más cómodo y quieto de lo necesario, el corazón del público sigue rugiendo por esos grandes éxitos penquistas.

Por Alexander Castillo
Fotos por Aarón Castro

Quiero partir esta reseña con tres enunciados que quien lea puede discutirme sin reparos, pero que son mi humilde y honesta opinión: “La Torre de Babel” es fácilmente una de las diez canciones más buenas e icónicas de nuestro cancionero nacional; el frío de aquella noche del 28 y madrugada del 29 de junio estuvo mortal; es absurdo e innecesario hacer de la cancha, tradicionalmente un espacio de contacto físico y furor, un sitio contenido y distribuido tiernamente por sillas que, sí, pueden ser cómodas, pero cortan todo el flujo de energía

Sobre todo cuando estamos frente a una banda que, con sus casi 40 años de historia, son responsables de un listado de clásicos del rock chileno mucho más cercanos a impulsar el movimiento que fomentar la quietud.

Sin teloneros ni mayores pretensiones que entregar un show redondo, armado únicamente con la fiereza que tienen en su formación original, Los Tres pisaron el escenario del Movistar Arena un poco después de las 21:00 horas; un retraso mínimo, podríamos incluso definirlo como la real puntualidad del chileno (siempre 15 minutos tarde), que suscitó una que otra pifia juguetona desde un público que, aún a la hora de “partida” del show, todavía se encontraba llegando en tandas al recinto. La real puntualidad del chileno.

Las voces de Los Beatles, “Higher Ground” de Stevie Wonder y, finalmente, la rendición que hizo Mon Laferte de “Tírate hace unos años fueron la antesala a la presentación penquista, que partió de lleno su repaso al tercer álbum de la banda con “Déjate Caer”.

«No endulza sin picar»

Estuvo de cumpleaños en marzo de este año; tres décadas desde que “La Espada y la Pared” terminó de sellar a Los Tres como uno de los pilares de su generación y de la música chilena en general. Tal fue el impacto del disco que la banda se transformó en una prioridad para los ejecutivos de Sony y, gracias a esto, en la primera agrupación chilena en grabar su propio MTV Unplugged (¡cómo te eché de menos esta noche, “Traje Desastre”!). 

El resto es historia contada en años de conciertos y canciones, desencuentros, separaciones y una gran revuelta que escaló hasta esta celebración, cuya primera parte se enfocó en el disco que lo cambió todo. Un disco cantado a coro entre Henríquez y un Movistar Arena casi repleto, que no perdió ni una sílaba de “Hojas de Té” —con una que otra quemada de pito por ahí— ni de “La Espada y la Pared”, sutilmente extendida por la magia que cargan Ángel Parra y su guitarra.

Ni cortes quizás más oscuros dentro del catálogo de la banda como “Te Desheredo” pueden combatir el hecho de que la música de Los Tres se ha convertido en un atracción intergeneracional; prueba de esto es la diversidad del público que se dejó conquistar en sus asientos por los penquistas. 

Señores, lolosaurios, padres e hijos, todos fanáticos por igual, menearon cabezas, aplaudieron y saludaron a punta de vítores la entrada quizá sorpresiva de Gepe, quien se unió al grupo para cantar “Partir de Cero” y la siempre emocionante “Moizefala”, en la que el sanmiguelino se entregó en cuerpo y alma, despidiéndose de la banda para dar paso a la instrumental “V&V” y la frágil “Me rompió el corazón”.

Álvaro Henríquez y su voz de plata

La energía desbordante del rock de “Tu cariño se me va” vuelven a reafirmar mi planteamiento inicial: las sillas sobran; el ánimo es para pararse y alocarse, o al menos lo más que los cuerpos y el frío lo permitan. Y si el final de la primera parte del concierto así se sentía, lo que vino después no hizo más que alimentar esa corriente de pensamiento. 

La rendición de la banda de “All Tomorrow’s Parties”, originalmente de The Velvet Underground, reproducida por los parlantes del recinto, sirvió como interludio en lo que la banda volvía para dar un repaso a otras piezas de su discografía, retomando con la enérgica “Gato por Liebre” y emparejándola con la clásica “La Torre de Babel”, que contó con un último verso cantado —de manera improvisada— únicamente por el público. 

Escuchar en vivo “Olor a Gas” y “De hacerse se va a hacer”, ambas provenientes del álbum “Fome” (1997) junto con la historia del cigarro Gabriel, me hace pensar en que quedan tan solo dos años para que ese disco, un sucesor distinto pero igual magistral que “La Espada…”, tenga su propio treintavo cumpleaños. ¿Será muy descabellado pensar, pedir, añorar un homenaje en 2027? Dejo aquí la incógnita/idea/petición, señores Henríquez, Parra, Lindl, Molina.

Y claro que no es concierto sin el mayor de los éxitos del grupo.

Si el público ya venía haciendo eco de cada palabra cantada por Álvaro Henríquez, de alguna manera lograron sonar aún más fuerte cuando fue el momento de cantar “Un Amor Violento”, y vaya que hubiera sido bonito ver esa misma energía transformada en piés de cueca cuando los Cuatro entraron en un bloque acústico, interpretando canciones de Roberto Parra cual MTV Unplugged del ‘96.

En mi mente, aquella linda iluminación tricolor (azul, blanca y roja) y las interpretaciones de “El Conventillo”, “La Perra con el Perro” y “La vida que yo he pasado”, eran coronadas con la visión de una cancha despojada de sillas y repleta de gente bailando. Una fonda improvisada pero bienvenida y bien aprovechada, pero me contento con la magia musical que ocurría sobre el escenario.

«Dime que no hay nada que hacer y lo haré»

Al son de “Pájaros de Fuego” y “He barrido el sol”, dos clásicos del debut de la banda (1991), la banda se retiró nuevamente y por pocos minutos para preparar el puñado final de canciones antes de terminar el show de manera definitiva. 

El público fiel se mantuvo expectante —ya no en sus asientos sino que de pie— pidiendo la vuelta del grupo a escena, aunque una pareja sentada a mi lado se levantó y no la volví a ver. ¿Habrán escuchado las últimas canciones? Espero que sí, porque el segundo bis fue una muy buena forma de mandarnos a la casa con una sonrisa y la impresión de que pucha que son buenos Los Tres y lo serán hasta que nos extingamos.

La lenta y melancólica “Amores Incompletos” partió esta última vuelta del grupo; una rendición in crescendo que, si bien se sentía como una despedida justa, estuvo acompañada de una segunda pasada deLa Torre de Babel” con la excusa de que Álvaro se olvidó de cantar el último verso la primera vez que la tocaron y no quería que la gente se fuera con esa impresión. Excelente idea.

Repetir “La Torre de Babel”, ahora con el público entrado en calor y de pie, demuestra lo contagiosa que es la energía de la banda incluso con el paso de los años encima. Aún entorpecidos por la existencia de los asientos en desuso, la cancha se siente y se ve mucho más inmersa en el show —pese a que quedan dos canciones de set—, y hasta las voces ya acostumbradas a cantar se escuchan más prendidas que antes. La fiesta partió hace rato y nos dimos cuenta muy tarde

Pero el final es en lo más alto, no hay otra forma.

No sabes qué desperdicio tengo en el alma”, otro pequeño guiño al segundo álbum de la banda (1993), es la explosión necesaria para elevar este show de genial a increíble, al menos en lo que respecta a lo intrínsecamente musical. 

Da igual que las canciones hoy se canten medio tono más abajo, es parte de hacerse viejo, pero la voz de Álvaro Henríquez no desafina ni desentona, así como no han decaído las proezas instrumentales del mismo Álvaro, ni de Ángel, Titae y Pancho. La energía y artesanía musical siguen intactas; son prueba de lo atemporal que ha resultado la banda y de la huella que dejan en nuestra historia artística. 

Hoy son 30 años de un disco insigne. En un abrir y cerrar de ojos serán 60 y las canciones seguirán sonando tan bien y tan frescas como el día de su lanzamiento. Quedo atento a lo que pase para las tres décadas de “Fome”.

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