Escrito por: Antonia Hernández
A estas alturas, Wes Anderson se ha convertido en algo más que un director relevante del cine contemporáneo: es un universo en sí mismo. Lo que en los años setenta habría encantado a cualquier autor del New Hollywood —una estética tan reconocible que no necesita presentación— es hoy su firma: encuadres milimétricamente simétricos, paletas cromáticas exuberantes, guiones veloces y personajes que existen en la delgada línea entre el artificio y la ternura. Resulta difícil, incluso injusto, ver sus películas como piezas aisladas; cada nuevo título parece un engranaje más en un mecanismo de relojería visual y emocional.
Si bien la estética visual es lo más reconocible de su cine, las temáticas que atraviesan su obra han sido igual de constantes: la familia, la pertenencia, el proceso creativo tras las artes, la pérdida de inocencia y la búsqueda de madurez. Cuestiones que sustentan aquello más memorable de las películas de Wes Anderson: sus personajes, que se levantan no como piezas auxiliares a la narración, sino como construcciones de humanidad que otorgan vida a las historias.
El Esquema Fenicio, protagonizada por Benicio del Toro, Mia Threapleton y Michael Cera, no es la excepción. La película está ambientada en la década de 1950, y relata la historia de Zsa-Zsa Korda, un empresario millonario de ética dudosa que sobrevive —una vez más— a un atentado contra su vida. Consciente de que su suerte podría acabarse pronto, decide nombrar a un heredero. Soberbio, calculador y con nueve hijos varones, escoge inesperadamente a su única hija: Liesl, una novicia que está a punto de tomar los votos y con quien ha tenido nulo contacto durante su vida.

Una sátira geopolítica con corazón
Lo que sigue es un acercamiento improbable y tenso entre padre e hija, atravesado por una ambiciosa y absurda estrategia económico-colonial: el «Esquema Fenicio«, un plan para apoderarse de un país de Medio Oriente mediante la instalación de fábricas y centros extractivistas que exploten la riqueza del territorio. Liesl, de personalidad fuerte y certera, desconfiada y crítica de las decisiones morales de su padre, acepta el rol de heredera a prueba con la idea de dar un giro a la avaricia de Zsa-Zsa y destinar su fortuna a una causa mejor.
El llamado Esquema Fenicio y sus pasos son deliberadamente confusos para el espectador, como si Anderson y su co-guionista Roman Coppola, con quien trabajó en Moonrise Kingdom (2012), Isle of Dogs (2018), Asteroid City (2023), entre otras más, prefirieran que lo observemos no con comprensión técnica, sino con la extrañeza y distancia de un pariente lejano, adoptando cierta desconfianza que se disipa a medida conocemos más a cada uno de los personajes.
Y es que, como en muchas de sus películas, el verdadero interés no está necesariamente en la trama sino en los personajes: seres desplazados, excéntricos, construidos con capas de humor y una tristeza que resuena en los detalles. Del Toro y Threapleton sostienen el corazón emocional del filme con sobriedad y extrañeza; él, con un cinismo desgastado; ella, con la serenidad de quien carga una brújula moral. Michael Cera, como el asistente entomólogo Bjorn, es brillante, encajando perfectamente en la fórmula del director, lo que lleva a preguntarse por qué no se sumó antes a su filmografía.
Aparecen así una curiosa galería de personajes en cada uno de los rincones de Phoenicia que visitan para concretar el plan. Riz Ahmed interpreta a un príncipe, Bryan Carston y Tom Hanks a un par de hermanos con una dinámica excéntrica, Mathieu Amalric a un dueño de un club de estilo francés. Otros rostros conocidos emergen en el trayecto, Scarlett Johanson, Benedict Cumberbatch, e incluso Willem Dafoe, todos orbitando alrededor de la historia principal.
La película fluye con el ritmo vertiginoso típico del director: una comedia rápida y visualmente coreografiada que alterna con momentos de melancolía. Aunque suma secuencias de acción que recuerdan a las persecuciones de The Grand Budapest Hotel (2014) y remontan al slapstick clásico propio de Buster Keaton.

Entre el exceso y la verdad emocional
Sin embargo, es en sus momentos de simpleza que el filme encuentra su verdadera fuerza. Los personajes son pintorescos, a veces tan caricaturescos que corren el riesgo de hacer colapsar la verosimilitud emocional, y como en tantas películas de Anderson, el riesgo de la fórmula está presente: a ratos, el estilo bordea en asfixiar la historia, especialmente en sus primeros y últimos tramos. Pero, cuando se detiene el mecanismo, cuando el decorado deja de girar, El Esquema Fenicio revela lo que ha estado allí desde el inicio: una relación familiar tensa y compleja, que empuja el relato mediante la evolución de los tres protagonistas.
A diferencia de películas anteriores, aquí asoma una dimensión más existencial. Vemos aparecer la religión como una temática central; también el debate ético asociado a las políticas extractivistas de parte de empresarios, y los conflictos irresolutos y vacíos emocionales que canalizan este ímpetu colonial —todo de la mano de una cinematografía y diseños de producción encantadores, más un soundtrack de música clásica que mantiene el pulso con elegancia.
Algunos dirán que El Esquema Fenicio carece de emoción. Tal vez lo que ocurre es que la emoción no está en la superficie, sino en los silencios, desencuentros y contradicciones de personajes que no terminan de decir todo lo que sienten. Al final, la película deslumbra más por su vértigo visual que por su resonancia emocional, en un ejercicio que recuerda —o tal vez debería recordarle a Wes Anderson— que, a veces, menos puede ser más.
El Esquema Fenicio se estrena el 5 de junio en cines vía Andes Films.
