Escrito por Felipe León
Quedarse solo con un disco de Tortuganónima pareciera ser una tarea compleja, debido al gran nivel que ha mantenido la banda en toda su discografía. He ahí la astucia del homónimo lanzado en 2013, que en pocas palabras dio a conocer el math rock a un número no menor de nuevos fanáticos locales, o bien, su obra más ambiciosa, ‘Imago‘ (2019), citada como uno de los puntos altos de la década pasada en Chile.
A portas de lanzar un nuevo larga duración, cabe resaltar el gran valor que posee su último disco, el cual no deja de crecer pese a que han pasado ya casi 6 años desde su estreno. Como no si la propuesta del grupo alcanza una soberbia maduración, que encaja a la perfección con el espíritu aventurero transmitido en toda su trayectoria. No le entra polvo.
Una acrobática manera de ser cálidos y sutiles
El proyecto formado en Santiago el 2012 ha variado su planilla de integrantes, aunque eso no ha mermado para nada el ingenio con el que materializan sus propias creaciones. Instrumentales que sacan a relucir diversas emociones, a un pulso inquieto, de tiempos no comunes, donde prima una acrobática manera de ser cálidos y sutiles.
La interpretación impredecible pero recreativa de Tortuganónima embellece el panorama, a tal punto que sus ideas son congeniadas con destreza y pasión, sin cesar la complejidad de sus expresiones. Por lo mismo, el aspecto técnico de la obra culmina una infinitud de sensaciones cohesionadas bajo una melodiosa respiración, atreviéndose a sacar un poco el math rock de su zona agitada y caliente (Don Caballero, Hella) hacia fronteras un tanto más evocadoras y melódicas.
Fracciones de tiempo dedicadas a impulsar las bases del proyecto, a través de paisajes coloreados con entusiasmo por sus miembros. De todas maneras, la capacidad inventiva desvelada en ‘Imago‘ no gira unicamente en torno a lo técnico, ya que la dinámica fluidez de sus composiciones abre espacio a sentir, a experimentar, a jugar de ser necesario.
Mayor vocabulario a un mismo idioma
Como es de esperar el larga duración está lleno de momentos para enmarcar, siendo su duración de 52 minutos totalmente justificada. Si bien Tortuganónima mantiene interesante el trayecto del viaje, llenando de matices y detalles, es innegable resaltar momentos que le dan otro toque al disco.
Por una parte, piezas como «Ukiyo», «Aleph» y «Tlön» ilustran la estética de ‘Imago‘, ya sea al construir intensidad o configurar lenguajes sonoros propios, mientras que «Espejos de papel» o «Joseph K» expanden los limites. No es tanto que salten hacia otras formas de acercarse a la música, más bien se trata de integrar un mayor vocabulario a un mismo idioma. Claro, desde los instrumentos de cuerda, de percusión y los sintéticos, porque aquí no hay vocales, o son muy escasas.
Se pueden rastrear a la brevedad las buenas nuevas que la agrupación integró en aquel entonces, contando con la sólida participación de Koala Contreras de Como asesinar a Felipes. «Penumbra» precisa tan jugada colaboración con éxito, mientras que «Magnolias» incluye voces de Valeria Hernández de Niñosindigo. Por su lado, Tomás Pérez, quien grabó y mezcló el LP, puso el sintetizador en la ya mencionada «Aleph», y Sebastián Agurto de Narval Orquesta aporta el saxo tenor en el extenso corte final que da nombre al trabajo.
Tortuganónima superó con creces el impacto de su pasos anteriores, concretando una obra a la altura de sus contemporáneos en el género. Para despedir a lo grande la pasada década.
