Escrito por Nicolás Merino
Fotos por Jocsán Sánchez
La segunda edición del Metal Beer Open Air salió, en síntesis, bastante exitosa. No solo en el mero sentido de que todo haya salido según lo estipulado, sino también en términos de que el proyecto fue capaz de sellar algunos méritos identitarios en la proeza de su ejecución. Hay cierta espiritualidad especial que rodea a cualquier evento a fines de marzo, sobre todo si es un domingo. No se trata de cualquier jornada. Y en un país con múltiples festivales metaleros, la distinción y la identidad son fundamentales. Quedó claro que Metal Beer tiene sus reglas y patrones. Pero también tiene su sello de calidad.
Con Sodom como atractivo principal y otras dos bandas internacionales más tres proyectos nacionales, el camino estaba pavimentado para un gran evento, que es lo que efectivamente resultó saliendo. Este texto repasa las presentaciones de cada banda.

Dezaztre Natural llegó para hacer lo que mejor sabe hacer. Fueron, probablemente, el mejor show chileno de la jornada. Es una banda muy especial en su sonido y apabullantes en su desplante en vivo. Esos si que no dejan títere con cabeza. Hacen un show honesto de música muy al hueso. Hay mucha rabia en su música y la transmiten de manera muy análoga. Nada se siente forzado ni artificial. Crossover del mejor posible directo a la vena.

Decessus fue el espacio para la elegancia. Dejando de lado cualquier anécdota que no tenga nada que ver con la música propiamente tal, de verdad es una banda que ejecuta un tipo de metal que exige cierta disciplina y buen gusto. Hacen un death metal progresivo muy controlado, y eso exige cierta gama de buen gusto con la que la banda fue totalmente capaz de cumplir. Gran show, por cierto.

En cuanto al show de Sadism, fue de lo más predecible posible. Sin eso necesariamente significar que haya sido un desastre ni nada. Todo lo contrario. Cumplieron con su cuota de death metal que ya tiene acostumbrados a quienes los conocen. No es gratuito ser una banda veterana, y el público demostró saberlo. Pero en cuanto al show, fue un tanto olvidable.

En cuanto a Atreyu, todo lo positivo que puede decirse del concierto es, valga la redundancia, estrictamente sobre el concierto. Atreyu es una banda simbólica de la réplica de múltiples vicios del metalcore melódico. Y, de hecho, algunos han resultado bastante nocivos. Pero el show se levanta muy bien aún indiferente de esa discusión. Los músicos se la viven en el escenario, y el vocalista es particularmente carismático. Mostraron un show sólido y se vio que dejaron felices, o al menos cómodos, a buena parte de la audiencia.

En cuanto a Dark Angel, ya estamos hablando de acercarnos a los platos realmente fuertes de la velada. Es una banda que le tiene un cariño particular a Chile. Así los han hecho notar tanto espiritualmente en vivo (hay una química especial) como también explícitamente en algunas entrevistas. Son músicos de un nivel bastante elevado haciéndose cargo de material muy viejo. Hay algo de ternura en el proceso. No es que las canciones sean inmaduras ni nada parecido, pero si evocan una jovialidad que choca con el nivel de los músicos. Es interesante.

Cortes como ‘Dead Is Certain (Life Is Not)’, ‘Merciless Death’ o, por supuesto, la clásica ‘Darkness Descends’ avivaron al público algo fuera del promedio moshero en el que había estado instalado desde el comienzo del concierto. Había cierto respeto particular y especial por la devoción que evoca el nombre de la banda. Por cierto, Gene Hoglan en la batería es un espectáculo aparte. Siempre es un lujo ver a un músico de ese nivel.

La presentación de Sodom, los cabeza de cartel, fue particularmente ácida y punzante. Baja iluminación, setlist vieja escuela y pocos rodeos. Nunca mejor dicho: thrash metal, vinieron a corromper y punto. Partieron pateando la puerta con ‘Shellfire Defense’ y no pararon por cerca de una hora y media. Ahora, también hay que entender el contexto de Sodom. Están en esta especie de reunión espiritual con Frank Blackfire, lo que los lleva no solo a centrarse en el material más antiguo, sino a aquel particularmente thrasher.

Algunos momentos particularmente álgidos de la primera etapa del concierto fueron ‘The Crippler’ o la clásica ‘Agent Orange’ (con dos bengalas incluidas). Tanto ‘Agent Orange’ como todas las otras de ese disco gozaron de un sonido distintivo. Algo más grueso y completo, un poco en la línea de cómo suena ese disco precisamente, es decir, un tanto menos esquelético que lo que había hecho la banda antes. Y hay algo de virtud analógica en el hecho de ser capaces de levantar ese sonido sin más que los propios énfasis y matices. No deja de ser.
Interpretaciones como la de ‘Sodomy And Lust’ subieron el pelo de ese mosh que, digámoslo, en realidad nunca paró. Fue uno de los altos momentos del Metal Beer, y la participación del público en el coreo le dio toda una dimensión al fiato entre la banda y su público.

Corresponde detenerse en el caso de ‘Fuck The Police’, una suerte de joya de culto en la discografía de Sodom. El público la venía pidiendo insistentemente no solo desde los comienzos del concierto, sino también desde la última presentación de la banda en Chile, el 2023, cuando se hicieron los desentendidos olímpicamente. Pero esta vez si la tocaron, por primera vez en un montón de años. El compromiso fue que el público tenía que corearla. Sabrán quienes fueron que así fue. Y dentro de esa ambigüedad bélica de la que Sodom siempre ha hecho gala, una canción así de afilada y punketa vino a desordenar un poco las formalidades del concierto, pero dígase que para mejor. De hecho, gracias a esa canción que el concierto quedó sin pausa para el bis y, asimismo, un poco más largo.

La vieja escuela siguió pateando de mano de clásicos como ’Blasphemer’ o ‘Tired And Red’, que sonaron particularmente bien. Ya para cuando llegó ‘Nuclear Winter’ (de nuevo con bengala incluída), se empezó a sentir que el concierto se acercaba a su final. Aparecieron algunos – si se puede llamar así- hits de la banda como ‘Outbreak Of Evil’ o ‘Remember The Fallen’. También, por supuesto, la icónica ‘Ausgenbombt’ con ese machaqueo en clave ramonera que no deja títere con cabeza. Y que además, musicalmente, dialoga muy bien con ‘Bombenhagel’, la canción que, como siempre, usaron para cerrar.
Fue una gran jornada. Sobre todo por Sodom, es difícilmente discutible. Pero hay algo de cariño que se va generando entre la audiencia y el sistema general del evento. El sector del hipódromo en el que se hace el Metal Beer Open Air es bastante cómodo y la atención en la barra estuvo particularmente más expedita que el año pasado. Solo puntos positivos. Incluso se puede empezar a hablar de Metal Beer Open Air como una institución. Quién sabe cuál será la sorpresa la próxima vez.
