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Chico Trujillo en Plaza La Paz: La alegría del vivir

Escrito por Nicolás Merino
Fotos por Aarón Castro

En pleno febrero, cerrando el verano y quizás intentando despegarse de que inquietudes personales… Sí, un aniversario por los veinticinco años de Chico Trujillo al aire libre suena como una gran idea. Y, como se demostró ayer: de la idea a la ejecución, efectivamente fue una gran idea.

Hacer el evento en la Plaza La Paz de Recoleta fue todo un acierto. No solo por la manera tan bien lograda en la que se dispuso el espacio, sino también por aquellos detalles que rodeaban la producción y que generaron un ambiente tan distendido, amable y familiar. Como, aparentemente, no pudo ser de otra forma.

El ambiente tenía toda su onda. Se incluyeron comercios de múltiples artesanías, incluso un pasillo con juegos de arcade. La comida no se vendía en estos típicos carros desabridos y caros de comida de festival, sino que en unos más hogareños y de precios más amigables. Incluso había un kiosko atendiendo dentro del concierto. También habían algunos juegos de decoración específicos en torno a la imaginería del viaje espacial que le daban no solo una onda muy propia al evento, sino también acorde a la locura del imaginario de Chico Trujillo (e incluso digamos que, por extensión, La Floripondio)

La jornada tuvo varios números de apertura, desde los instrumentales de la Danzonera Felipe Urban, hasta los mismísimos Santa Feria. Fue un evento largo, cuesta detenerse en cada uno de los invitados. O más que cueste, no viene a ser muy propositivo considerando el rol de ambiente que vinieron a significar varios de ellos. Era un evento lo suficientemente grande como para que la gente se pudiese distender libremente de la música e incluso permitirse dejarla un poco en segundo plano, digamos. Incluso para bandas grandes como La Combo Tortuga, igual había gente sentada en el pasto compartiendo una porción de papas fritas y conversando.

Por cierto, quizás este es el momento indicado para hacer alusión a lo bien que sonó el evento en general. Producción de primer nivel a todo momento. Sobre todo para no tratarse de un espacio pensado para música en vivo. Sí, había algunos rebotes aquí y allá, pero dentro de todo el sonido estaba bastante controlado. Y eso para todas las bandas.

Luego de que La Combo Tortuga y Santa Feria lograran llevar el tono y el ambiente del festival hasta una inusitada cúspide muy propia de la alegría de los eventos de música festina al aire libre -a punta de puros clásicos, por cierto- llegó el momento de Chico Trujillo.

El lugar que ocupa Chico Trujillo en la historia de la música popular chilena es, cuanto menos, interesante. En el marco de toda una serie de expresiones reivindicatorias y nostálgicas que vinieron después de la denominada transición, Chico Trujillo no es exactamente un ícono de lo más visible aunque, en la práctica, entran perfectamente en esa denominación. Y esto no es algo bueno ni malo, es lo que es, y es lo que les permitió llegar hasta donde están convertidos en el clásico que son. Agarraron cumbias clásicas y las llevaron a un punto de la cumbia que, para los estándares de producción de la época, estaba bastante al día. Los discos suenan enérgicos y legibles, incluso roqueros de vez en cuando.

De hecho, bien sabrá cualquiera que haya tenido el placer de ver a Chico Trujillo en vivo. Los ambientes que se generan son de lo más exhaustivos posibles. Esto es eliminando de la ecuación lo muy punk que pueda ser La Floripondio, que pareciera rogar la comparación. No se trata de sacar a Chico Trujillo de donde va. Salen al escenario con su versión de ‘Cariñito’ y ‘Tus Besos Son’ y el público no necesariamente baila, como si salta y se empuja y hace gala de su patente entusiasmo de estar presenciando a una banda así.

El setlist tampoco fue demasiado distinto a lo que suele ofrecer la banda generalmente. Esto porque seguramente Macha y compañía deben tener claro aquello que su espectáculo en vivo es una fiesta y, como tal, debe atenderse a algunos parámetros formales de esta. Cuando es muy largo, cansa. Lo saben, o eso demostraron.

Y cuando se comenta que el setlist no fue demasiado distinto a lo que se muestra generalmente, se está hablando a cabalidad. Hubo múltiples salidas de Macha del escenario para darle espacio a la banda para interpretar sus instrumentales. A veces versiones de cumbias clásicas, otras veces interludios originales para pasar de una canción a otra. Y sí, ahí estuvieron todas las clásicas: ‘Loca’, ‘Gran Pecador’, ‘Medallita’, ‘Cosecha de Mujeres’, entre otras.

El cierre, con ‘La Escoba’, ya desató totalmente los cánones de lo que se entiende como una fiesta de cumbia e invitó al descontrol total. El paisaje consideraba una Plaza La Paz cubierta de livianos moshs por doquier, y una presencia escénica de Macha y compañía que deslumbraba, literalmente, como único faro en la oscuridad y que alimentaba a todas esas almas de febrero sedientas de un último respiro de alegría bombástica antes de marzo.

No se trata de instrumentalizar a Chico Trujillo, pero sí, podríamos decir que como cualquier proyecto cumbiero de renombre en Chile, ha sido capaz de cumplir con una función y un aporte a la sociedad. En particular en este caso, al ser una banda tan antigua y tan popular. La gente se veía alegre, muy alegre. Y qué otra cosa puede importar en un contexto así.

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